EL JAQUE DE JACKSON Y BORIC AL CONGRESO

abril 13, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 13 de abril de 2014)

Los debutantes diputados Giorgio Jackson y Gabriel Boric movieron sus piezas y dejaron en jaque a sus colegas. En una jugada osada que venían anunciando hace un tiempo, promovieron un proyecto de ley para bajar el sueldo de los parlamentarios a la mitad. La ganancia política es innegable: ambos aparecen ante la opinión pública como los regeneradores de la decencia perdida de la política, quijotes contra la desigualdad, marcando a los viejos vinagres que se oponen a soltar la teta. A fin de cuentas, lo que ganan los congresistas es suculento por donde se le mire y muchísimos chilenos tienen la percepción de que sus representantes son flojos o ladrones.

Tanto el apoyo como el rechazo a la iniciativa han sido transversales. En un argumento que se ha repetido, se ha dicho que Jackson y Boric recibían la mesada de los papás hasta el mes pasado. Para ellos sería más fácil disponer de la plata del resto porque no tienen familias que mantener. En efecto, a los veintitantos se tienen menos obligaciones que a los cincuenta y tantos. Pero por ese carril la discusión de fondo no resulta muy fructífera.

En efecto, Jackson, Boric y los demás firmantes del proyecto tienen puntos muy atendibles: nadie en Chile tiene tanta manga ancha para fijarse el propio sueldo como los diputados y senadores. Tampoco tiene mucho sentido que sus dietas estén homologadas a la remuneración de los ministros de estado, como señala la Constitución. Por la naturaleza de las funciones que desempeñan, hay buenas razones para que estos últimos ganen más. La propuesta también incluye un sensato descuento a los parlamentarios que no hagan su trabajo como corresponde.

Hasta aquí todo bien. El problema es que la iniciativa es más efectista que efectiva. Los índices de desigualdad no cambian un ápice bajando el salario de los congresistas. Por el contrario, se corre el riesgo que –vistos en el súbito escenario de recibir la mitad de lo que recibían antes- aumenten los incentivos para buscar ingresos complementarios en otra parte. Esa mera posibilidad es nefasta y el costo para el Estado sería finalmente mayor. En este sentido parece más responsable ponerse a pensar en serio en reglas de transparencia y profesionalización de la actividad legislativa. La millonada que se gasta en asesorías, nos hemos enterado últimamente, no tiene control ni auditoría.

En síntesis, los ex dirigentes estudiantiles tienen una idea loable –y popular- entre manos: el Congreso no puede predicar sobre derrotar la desigualdad si es parte del problema. La riqueza, se ha dicho, los aleja de la realidad de sus representados. Pero ese diferencial tiene una lógica: independizarlos de las presiones del dinero de terceros. Todo esto sin mencionar que siempre es éticamente complejo exigirle al resto el mismo sacrificio personal que uno está dispuesto a hacer, sobre todo tomando en cuenta que los parlamentarios asumieron con una expectativa de remuneración que sobre la marcha se propone reducir a la mitad: ¿estaría usted dispuesto a hacerlo?

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-04-13&NewsID=268589&BodyID=0&PaginaId=15

LA DERECHA Y EL ARTÍCULO DE LA DISCORDIA

abril 8, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 4 de abril de 2014)

Los partidos de la derecha chilena debieran sacar de su declaración de principios el artículo que hace mención a la “acción libertadora de las Fuerzas Armadas” en referencia al golpe de Estado de 1973. Si no lo hacen, quedarán prisioneras del pasado y no podrán encarar como corresponde los desafíos políticos del futuro. Dentro de RN y la UDI el debate está instalado. Esta columna tiene por objeto subrayar sus aristas más relevantes.

En la UDI, se ha dicho que el diputado Ernesto Silva –aspirante a conducir el partido- estaría abierto a discutir la reforma de este artículo, así como otras consideraciones doctrinarias. En contra se ha manifestado su contrincante Víctor Pérez. Este último ha señalado que la historia del gremialismo está íntimamente empalmada con el régimen de Pinochet, algo de lo cual no habría por qué avergonzarse ni arrepentirse

En RN, el senador Andrés Allamand se ha sumado a la idea de revisar el controvertido artículo, que entre otras cosas agradece a los militares por habernos salvado de un “totalitarismo irreversible y de la dominación extranjera”. Allamand capta que es tiempo de ponerse al día: la percepción del golpe se ha deteriorado desde 1987 (fecha del texto original) y cualquier convocatoria a una derecha democrática se empantana manteniendo la adhesión explícita a un quebrantamiento democrático.

Estos debates tienen un patrón común: a las viejas generaciones se les hace más difícil renunciar a Pinochet. Así lo reconoció tácitamente el secretario general de RN, Mario Desbordes, quien señaló que por la historia de la colectividad y la edad de la mayoría de los militantes, veía complicada la maniobra. La discrepancia entre Silva y Pérez al interior de la UDI también puede leerse en esa clave: el primero no es menos derechista que el segundo, simplemente le cuesta menos abandonar una mochila que biográficamente no lo determina. No había nacido en 1973 y ni siquiera tuvo edad para votar en 1988. El senador Víctor Pérez, en cambio, fue alcalde de Los Ángeles en tiempos de la dictadura, donde comenzó su exitosa carrera política. Los que sigan creyendo que la renovación de la política no tiene relación con el carnet de identidad, será mejor que empiecen a prestar atención a la evidencia.

RN enfrenta un escenario más complejo que su aliado. Nadie espera realmente que la UDI haga algo extraordinario en esta materia. Ernesto Silva puede estar jugando una carta valiente al poner el clivaje generacional sobre la mesa, pero los partidarios de Víctor Pérez creen que es una estrategia que los favorece a ellos. El revisionismo histórico no cae bien en calle Suecia. La mayoría sigue fiel al Tata. En el papel, es el partido más moderado de la coalición al que le corresponde dar el paso crucial y alejarse de lo que hoy se percibe como extremismo.

A lo anterior hay que sumarle el factor Amplitud. El éxodo que ha sufrido RN en el último tiempo se debe -en parte- a que su sector más tradicional no ha suscrito las tesis del piñerismo y su Nueva Derecha. Por lo mismo, que no acceda a reformar la declaración de principios puede interpretarse como una reafirmación del pinochetismo profundo que mora en el partido de Carlos Larraín. Lo que implica alimentar más desavenencias con el sector liberal y en último término, facilitar el fraccionamiento. Puesto al revés, para contener la sangría bien vale una reformulación de los términos sobre el golpe. De lo contrario, la opción Amplitud –o incluso Evópoli- podría aparecer mucho más atractiva ante los ojos de un joven de derecha que no quiere saber nada con la dictadura y sus horrores, y que quiere sentirse orgulloso de pertenecer un partido que tiene como principio el irrestricto respeto a la democracia y la resolución pacífica de los conflictos por muy espinudos que parezcan. Me cuesta imaginar –salvo por razones de conveniencia electoral- que ese joven prefiera militar en un partido que dice exactamente lo mismo que la UDI al respecto.

Esto no implica que los partidos de la Alianza deban renegar de la noche a la mañana de su trayectoria. La vieja guardia no cambiará de opinión a estas alturas. Ellos deben entender la eliminación del polémico artículo como estrategia válida para construir un discurso de futuro capaz de atraer a las nuevas generaciones que no quieren seguir amarrados a la historia de sus abuelos.

En último término, los promotores de la reforma tienen un argumento adicional al cual pueden echar mano: las declaraciones de principios debieran por lo general contener la lista de los fundamentos teóricos y doctrinarios que definen la posición de un partido político en el espectro ideológico. No sería necesario, por tanto, incluir referencias contingentes o que hagan alusión a episodios puntuales. El problema de estas últimas es que siempre corren el riesgo de quedar anticuadas cuando los nuevos líderes no las sienten como propias. Mi impresión es que éste es justamente el caso.

Link: http://www.capital.cl/opinion/la-derecha-y-el-articulo-de-la-discordia/

EL MINUTO DE SILENCIO DE CAMILA

abril 6, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 6 de abril de 2014)

Camila Vallejo no se puso de pie en el minuto de silencio con que la Cámara de Diputados conmemoró el 23° aniversario del asesinato del senador y fundador de UDI Jaime Guzmán. Sus colegas gremialistas acudieron al tribunal de ética para exigir algún tipo de sanción a la joven legisladora comunista. Según ellos, Vallejo habría  incurrido en una falta de respeto inédita en la casa de la democracia. La ex dirigente estudiantil se defendió diciendo que no podían obligarla a homenajear a una persona que había sido, a sus ojos, tan dañina para el país. ¿Quién tiene razón?

Hay que hacer algunas distinciones. No es lo mismo participar en un momento de reflexión que repudia la violencia política en Chile que alabar las virtudes del arquitecto institucional de la dictadura. Lo primero debería unir transversalmente a toda la clase política. Así parece que lo entendieron los propios compañeros de Camila: Karol Cariola, Guillermo Teillier y Daniel Núñez se pusieron de pie guardando todas las formalidades de la ocasión. A Guzmán le arrebataron la vida por razones ideológicas en plena democracia y en el ejercicio de su función parlamentaria. En este sentido el mensaje de rechazo no debe tener fisuras, haya sido Guzmán o cualquier otro la víctima. Cosa distinta es rendir honores a la vida y obra de una persona. Si ése fuera el caso, todos nos reservamos el derecho de homenajear a quien nos parezca pertinente. Las explicaciones de la diputada Vallejo revelan que ella asumió que le estaban pidiendo esto último.

Por otra parte, no es tan cierto que este desaire fuera inédito. Hace apenas dos años la Cámara solicitó el mismo minuto de silencio para recordar la muerte del Presidente Salvador Allende al conmemorarse 39 años del golpe militar. En ese entonces fue un congresista de la propia UDI el que interrumpió calificando al ex mandatario como “cobarde”. Si ponemos ambos episodios en una escala de indecoro republicano, el exabrupto del diputado Urrutia merece muchísimo más reproche. Vallejo se quedó sentada, pero al menos mantuvo silencio y se abstuvo de hacer comentarios hirientes o divisivos. La bancada UDI también se ausentó de la sala cuando se pidió silencio por el fallecimiento del presidente venezolano Hugo Chávez. En eso Vallejo tiene un punto: el partido de Guzmán tiene tejado de vidrio.

Finalmente, queda una reflexión sobre la frustrante incapacidad de las nuevas generaciones para establecer un clima de amistad cívica que los distinga de aquellos que llevaron a Chile al despeñadero hace algunas décadas. Camila tiene 25 años. Los diputados que la acusan (Juan Antonio Coloma Jr. y Felipe De Mussy) tienen 33 y 31 respectivamente. Más que nadie, ellos tienen la perspectiva para entender el brutal desgarro que produce la pérdida de seres queridos a manos de la intolerancia política, pero algunos insisten en considerar solamente las heridas del bando propio. Los gestos de reconocimiento y empatía no son exigibles por ley ni reglamento. Hay que trabajarlos con un grado de generosidad que para muchos puede ser debilidad o traición. Pero es el mejor camino para no repetir los errores –y horrores- del pasado.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-04-06&NewsID=267952&BodyID=0&PaginaId=12

SU MAJESTAD EL PROGRAMA

marzo 31, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 30 de marzo de 2014)

El senador RN Andrés Allamand le sugirió al gobierno que reconsiderara lo que denominó una “adhesión religiosa” al programa presidencial con el cual triunfó Michelle Bachelet. Allamand es de la idea que los proyectos pueden mejorarse en el camino con el aporte de la oposición. La Presidenta, en cambio, decretó que cualquier diálogo con la derecha debe circunscribirse al ámbito del cumplimiento del programa.

En teoría, Allamand puede tener razón. Pero en la práctica, Bachelet no tiene otra opción que aferrarse a sus compromisos de campaña. En el programa están expuestas las razones que unen a los diversos integrantes de la Nueva Mayoría. Es el mínimo común denominador de una amplia gama de actores políticos formales e informales. Ahí están las “cuestiones cerradas”, como se decía en tiempos del parlamentarismo, sobre las cuales no se admite discrepancia relevante. Reforma al sistema tributario y al modelo educacional por delante.

Tiene poco interés saber si el programa se venera como un credo dogmático o no. Lo importante es que se trata de una hoja de ruta inflexible -dentro de su generalidad- que le permite al gobierno controlar la agenda y empalmar con las aparentes aspiraciones del movimiento social que le apedreó el rancho a Piñera. Los mismos grupos que hace un par de años exigían al Ejecutivo cambiar el rumbo prestándole oído a la calle, hoy apelan al cumplimiento del programa sin tanta consideración por -menos negociación con- la minoría política que representan los partidos de la Alianza.

De hecho, en varias reformas importantes pueden darse ese lujo. Allí donde la derecha cae en la irrelevancia, el desafío de Bachelet es alinear a los propios. No es poco. Para ello, contra los deseos de Allamand, seguir “religiosamente” el programa es la mejor brújula. Su mera invocación produce efectos. Casi ha cobrado vida independiente. Bachelet es sólo su profeta. El programa es Fuente Ovejuna: es de todos pero exclusivo de ninguno.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-03-30&NewsID=266786&BodyID=0&PaginaId=16

AMPLITUD + EVOPOLI, LA “NUEVA DERECHA”: ¿UN SOLO DOMICILIO?

marzo 26, 2014

por Daniel Brieba (publicada en The Clinic del 20 de marzo de 2014) 

En el último tiempo han aparecido dos movimientos políticos – Evópoli y Amplitud – que  comparten no sólo un mismo domicilio político dentro de la Alianza, sino también un mismo afán por renovar o al menos diversificar dicho sector desde posturas que podríamos llamar más cercanas al centro político. En efecto, ambos movimientos creen en una ‘nueva derecha’ alejada de las lógicas autoritarias del pasado y de las doctrinas económicas y morales guzmanianas que permean las (idénticas) declaraciones de principios de RN y la UDI. Además, ambos movimientos comparten una mayor simpatía e identificación con la obra del gobierno de Sebastián Piñera que la mostrada por dichos partidos. Con este patrimonio en común, ¿no es lógico que ambos movimientos se fusionen lo antes posible, para así sumar sus nacientes fuerzas y pujar por constituirse en el polo liberal de la Alianza?

A pesar de lo atractivo de este razonamiento, hay argumentos para dudar de que este sea el momento óptimo para buscar dicha fusión. Para empezar, hay uno puramente temporal: con las próximas elecciones a más de dos años y medio de distancia, nadie puede decir que existe una urgencia objetiva por unir fuerzas, a la cual todo lo demás deba supeditarse. Pero también hay razones más sustantivas, que podemos llamar de origen y de destino.

Respecto a la primera, no siempre se advierte que si bien el domicilio político de ambos movimientos es similar, su procedencia no lo es. Mientras Evópoli se constituyó a partir de un grupo de jóvenes independientes de centroderecha que compartieron la experiencia de participar en el gobierno de Piñera, Amplitud nace a partir de la escisión de un grupo de dirigentes – como tantas en la historia de Chile – de un partido ya consolidado. Esto, a su vez, ayuda a explicar los diferentes acentos políticos de cada proyecto: mientras Evópoli tiene un relato que enfatiza su naturaleza generacional y un discurso centrado en la política social, Amplitud ha enfatizado su carácter liberal y piñerista, en directa oposición al conservadurismo RN de un Carlos Larraín o un José Manuel Ossandón. Si bien nada de esto implica incompatibilidades insalvables, los distintos ADN de cada proyecto y los distintos estilos y objetivos políticos que traen consigo sugieren que una eventual unión requeriría sin duda de trabajo previo.

En cuanto al destino, las preguntas a contestar son aún más importantes. Si bien Evópoli le lleva un año de ventaja a Amplitud, en ambos casos se puede decir que son proyectos que requieren aún de sustancial maduración intelectual, política y estratégica. ¿Convergerán, pues, en contenidos doctrinarios similares, o tendremos (por ejemplo) a Amplitud más al centro en lo valórico y económico? ¿Estarían ambos movimientos de acuerdo en mantenerse en la Alianza en caso de que, por ejemplo, cambiase el sistema electoral? Y a más corto plazo, ¿Será el mayor piñerismo de Amplitud un problema a la hora de escoger un candidato presidencial común? Nuevamente, sin tiempo y muchas conversaciones mediante, una fusión apresurada podría ser contraproducente.

Así las cosas, la fusión de ambas fuerzas aparece como un objetivo posible y razonable en el mediano plazo– lo último que necesitaría la ‘nueva derecha’ sería la instalación de lógicas trotskistas en su seno. Sin embargo, no parece haber apuro inmediato. Es el momento de la construcción de confianzas, de compartir orígenes y descubrir si hay destinos comunes, de andar y pololearse antes de pensar en matrimonio. Por lo demás, en el último tiempo hemos visto en todo el espectro ideológico el nacimiento de nuevos movimientos políticos que están desarrollando su propio proyecto a pesar de que es razonable imaginar futuras alianzas y fusiones entre ellos. Pero ya vendrá el tiempo para dedicarse a la construcción de mayorías; por ahora, parece ser el momento para que florezcan mil flores bajo el sol del nuevo ciclo político post-transición.

LA ERA DE LA ALTERNANCIA

marzo 25, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 21 de marzo de 2014) 

La mayoría de los analistas políticos que hicieron evaluaciones del gobierno de Sebastián Piñera coincidieron en que –por fin- se había desdramatizado la alternancia en Chile. Después de una dictadura de 17 años y una Concertación que duró 20 en el poder, prácticamente dos generaciones de chilenos no estaban acostumbrados a la idea. Independiente de las evaluaciones puntuales, en general se instaló la sensación de que los cuatro años de la derecha en La Moneda fueron terapéuticos para ir cerrando algunos ciclos.

A ningún político le gusta abandonar el poder y todos lo persiguen cuando no lo tienen. Por eso la relación que tienen con la idea misma de la alternancia es de amor y odio. De amor, cuando en nombre de la alternancia reclaman su turno. De odio, cuando es la oposición la que ondea esa bandera. La primera pregunta que deja planteada esta columna es cuánto creen realmente nuestros actores políticos en la necesidad de alternar razonablemente en el poder como una manera de aceitar la democracia cada cierto tiempo. No estoy seguro que todos compartan que se trata de un fenómeno higiénico deseable. En plena ceremonia de cambio de mando, el diputado comunista Hugo Gutiérrez escribió en su cuenta de Twitter: “Se retira piñera y su gabinete del Congreso Nacional, y nosotros nos quedamos con la convicción y esperanza q no vuelvan más!” Más allá de revelar un gesto poco amistoso, no debería extrañarnos demasiado viniendo del PC. El régimen chavista en Venezuela ha transformado -y penetrado- tan profundamente las instituciones de ese país que cuesta bastante imaginarse un gobierno de signo distinto después de 15 años. Aunque se someten a elecciones según la ritualidad constitucional, la percepción que transmiten es que ellos son los dueños del Estado. Recordemos que el PRI mexicano gobernó 71 años en una democracia nominal. Por ello se ganaron el apodo de “la dictadura perfecta”. La interrogante es si acaso Gutiérrez y los suyos consideran que ése el camino que Chile debe tomar, bajo la premisa básica de que un gobierno de centroderecha constituye siempre y por definición un retroceso.

A diferencia de otros países de la región, Chile no tiene reelección inmediata. Por lo tanto la sucesión de Bachelet en cuatro años más es un tema que ya está sobre la mesa. La segunda pregunta, entonces, es si acaso inauguró realmente Piñera la era de la alternancia en Chile, o por el contrario fue sólo golondrina de un verano. Depende. Si consideramos el estado de su coalición, se le ven pocas perspectivas para el 2017. La UDI y RN viven procesos complejos de renovación interna, clarificación ideológica y posicionamiento de liderazgos propios. En varios sentidos parece que el nuevo Chile los dejó atrás. Sin embargo, si consideramos las expectativas del propio Piñera, las posibilidades están intactas. Salió del gobierno con un 50% de aprobación y probablemente nadie le haga sombra en las primeras mediciones presidenciales de este año. Pero también hay que ver qué ocurre con la gestión de Bachelet. Sin su rutilante figura en competencia, emergen por defecto sus hijos políticos: Andrés Velasco y Marco Enríquez-Ominami. Uno hacia el centro, el otro hacia la izquierda. Paradójicamente, ninguno dentro del gobierno. Ni siquiera formalmente dentro de la Nueva Mayoría. Si Bachelet no consigue levantar figuras presidenciales en el seno de su gabinete durante los primeros años, no es descabellado que busque proyectar su obra en uno de sus retoños descarriados aprovechando que ya están posicionados. No puede cometer el error de su anterior gobierno, cuando en lugar de parir un sucesor desde La Moneda, dejó que los partidos recurrieran al baúl de los recuerdos a discutir si la mejor carta era Frei, Lagos o Insulza.

Por tanto, nada está dicho sobre el 2017 ni sobre la alternancia en general. Hubo un difícil momento durante el mandato de Piñera en el cual se comentó que después de esta traumática experiencia la derecha no volvería al poder en décadas. Así de mal estaba la cosa. Ese temor parece hoy exagerado. La tarea es ardua si la Alianza –o lo que salga de este proceso de reinvención- quiere regresar al poder. Requerirá algo más que un manito de gato. Con los mismos de siempre no se va a poder. Sin embargo no es una utopía. Puede pasar incluso más temprano que tarde si se tocan las teclas correctas y la Nueva Mayoría regala su ventaja.

Lo interesante es que para los chilenos que adquirieron conciencia política después de 1990 por fin hay puntos de comparación. Aprendimos entre otras cosas que en el ejercicio del poder democrático la superioridad moral no existe. Concertación y Alianza usaron las mismas triquiñuelas para sacar ventajas comunicacionales, se pelearon internamente por cuotas de poder e instalaron a los amigos. Como oposición tampoco fueron tan distintas: aprobaron los proyectos que tenían que aprobar y en general fueron doble estándar criticando lo que ellos mismos hacían. Una cierta deshonestidad intelectual –si el bono lo entrego yo, es bueno. Si lo entregas tú, es malo. Si a los funcionarios los echo yo, es bueno. Si los echas tú, es malo- se empieza a convertir en una externalidad negativa inevitable de la alternancia. Pero mejor eso que una dictadura perfecta, ¿no?

Link: http://www.capital.cl/poder/la-era-de-la-alternancia/

 

BACHELET NI TRANSPIRÓ

marzo 23, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 23 de marzo de 2014)

“Me imagino que la idea es apoyar nuestras reformas”, respondió risueña la Presidenta Bachelet cuando le preguntaron por la llamada Marcha de Todas las Marchas que se realizó ayer en Santiago. En una frase, Michelle transmitió que no había razones para interpretar la actividad como una crítica a su gobierno. De hecho, en los días anteriores había hecho varios gestos a los grupos convocantes. En menos de una semana su comité de ministros desahució Hidroaysén y desde la cartera de Justicia se anunciaba el proyecto de matrimonio igualitario. Se dice incluso que algunas organizaciones –como la Confech- decidieron bajarse porque no estaba claro si la marcha era a favor o en contra del Ejecutivo.

Los convocantes insistieron en que la suya no era una marcha oficialista ni mucho menos. A fin de cuestas el partido de Marco Enríquez-Ominami tenía todas sus huellas digitales en el evento. Por eso era tan importante para algunos subrayar el acuerdo supuestamente transversal de la marcha: una asamblea constituyente para Chile. El resto de las causas –o al menos parte importante de ellas- no deberían ser problemáticas para la Nueva Mayoría, sobre todo ahora con una DC reducida en relevancia. En cambio, la AC son palabras mayores. Para el gobierno lo ideal sería sacar adelante una nueva Constitución pero por alguna vía menos dispendiosa y más controlada.

Respecto de la marcha propiamente tal –que fue masiva y en general de carácter festivo y hasta familiar- se dijo que entre tanta demanda diversa se perdía el foco del petitorio. Se dijo que por lo mismo era una movilización “blanda”. Pero esa es una lectura reductiva. Es cierto que a veces lo que es de todos no es de nadie. Todos es mucha gente. No era sencillo delimitar quiénes estaban dentro y quienes quedaban afueras. Hasta la Garra Blanca llegó con su delegación. Sin embargo la heterogeneidad en sí misma es una señal. Significa que hay decenas de agrupaciones ciudadanas que están complejizando su participación en el debate público con nuevas alianzas. Siguen reconfigurando el mapa del poder visibilizando sectores relativamente marginalizados. Amplían la cancha para que también jueguen los actores informales del sistema político. Densifican el tejido social. Y todo eso es positivo.

Bachelet sabe que la oportunidad de volver a gobernar se paga absorbiendo parte importante del ímpetu transformador del llamado movimiento social. Por tanto, la Presidenta evitará –por el tiempo que sea posible- que la gente perciba un enfrentamiento entre ella y la calle. Pondría a millones de chilenos en una suerte de conflicto de lealtades. Entre Piñera y la calle, no era muy difícil saber hacia dónde se inclinaba el corazón de la ciudadanía. Con la Jefa es asunto distinto. A ella le conviene que la presión social le ayude a posicionar una agenda más progresista en algunos ámbitos. En el fondo le conviene como herramienta contra la derecha. El resto es volver a poner en práctica la proverbial habilidad de la vieja Concertación –más la ayuda del PC- para contener el conflicto.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-03-23&NewsID=262192&BodyID=0&PaginaId=10

EL JOHNNY HERRERA DE LA NUEVA MAYORÍA

marzo 20, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 20 de marzo de 2014)

Van 10 autoridades de gobierno renunciadas a la fecha: 4 subsecretarios, 2 seremis y otros 4 gobernadores. De la última –la gobernadora de Chiloé, la PPD Claudia Placencio- supimos por boca del senador Guido Girardi. Como si quisiera demostrar a quien le pidieron permiso antes de concretar la medida, Girardi se le adelantó al propio vocero de gobierno. Podría ser una anécdota, pero permite sacar una o dos conclusiones.

La primera la lanzó ayer el ex presidenciable Andrés Velasco, quien sindicó al propio Girardi como el líder de “una de las máquinas partidarias más poderosas del sistema político chileno”, culpable de proponer nombres “que claramente no eran aptos”. Si le hacemos caso y ponemos atención en el caso Placencio, Girardi no sólo los pone sino además autoriza que los saquen.

Tiene muchas vidas Guido Girardi. Después de varios exabruptos y episodios poco decorosos, su carrera política sigue como avión. Presidió el Senado de la República hace un par de años y en noviembre recién pasado fue reelecto en Santiago Poniente por otros ocho años. Hace unas semanas se supo que había oficiado de anfitrión en una importante comida. Hasta su domicilio llegaron varios ministros de la Corte Suprema –incluido su presidente Sergio Muñoz en calidad de homenajeado principal- y numerosos peces gordos de la ex Concertación. Se brindó con pisco sour y se repartieron regalos. Algunas personas se molestaron: ¿no llama acaso a confusión que jueces y políticos –de un solo lado- estén mimándose de esa manera?

Parece que Don Guido nunca había amasado más poder que bajo el segundo reinado de Bachelet. Por un lado, goza de interlocución directa con los altos mandos. Por el otro lado, a partir de su indulgente actuación en la toma del Senado que protagonizaron estudiantes y apoderados en 2011, busca posicionarse como intérprete de la sensibilidad de la calle. Como me soplaron por ahí, Girardi se tiene la confianza de Johnny Herrera. Aunque pueda estar hasta el cuello de acusaciones por mal comportamiento, agarra la pelota y tira el penal decisivo. No a cualquiera le aguantan esa.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-03-20&NewsID=261840&BodyID=0&PaginaId=14

CHACREANDO LA ALTA DIRECCIÓN PÚBLICA

marzo 16, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 16 de marzo de 2014)

En 2003, el entonces Presidente Ricardo Lagos –con ayuda de la oposición- puso en marcha el sistema de Alta Dirección Pública (ADP). Después de bullados episodios de platas negras en el seno del Estado, los actores políticos acordaron que Chile se merecía gobiernos más exigentes respecto a la calidad de sus funcionarios y más transparentes respecto a la selección de sus funcionarios. En lugar de tener puros operadores políticos apitutados por el partido o el padrino respectivo, tendríamos al fin una especie de servicio civil con profesionales que accederían por concurso público y serían remunerados a la altura. Adiós cuoteo, bienvenida la excelencia.

Al año 2014 podemos decir que el sistema no funcionó como se esperaba. Habiendo pasado ambas grandes coaliciones por el poder, abundan las acusaciones de lado y lado. Según la vieja Concertación, la administración Piñera cesó en su cargos a cientos de funcionarios elegidos vía ADP. Con el regreso de Bachelet a La Moneda, las denuncias ahora vienen desde la derecha: el nuevo gobierno ha pedido la renuncia de 37 jefes de servicio, de los cuales 28 fueron seleccionados en concurso por ADP. La Nueva Mayoría estaría tomando revancha, han dicho.

El vocero Álvaro Elizalde salió al paso de las críticas con un guion que se hizo conocido en estos cuatro años: le echó la culpa al gobierno anterior. Agregó que es natural que los nuevos inquilinos de Palacio quieran evaluar a los funcionarios de confianza. Uno se pregunta cuán rigurosa puede ser una evaluación que tomó sólo 4 días desde que asumieron el control.

En cualquier caso, prácticamente todos coinciden en que la idea era buena pero se chacreó. En lugar de convertirse en sello de garantía de independencia y profesionalismo, el ADP se usó en muchos casos para blanquear designaciones estrictamente políticas. Como Elizalde tiene razón en que cada gobierno tiene el derecho de trabajar con personas afines, cada vez que haya cambio de mano los recién llegados van a desconfiar de los nombramientos del antecesor. Y los van a cortar sin siquiera mirarles la cara.

¿Qué hacer? Lo más fácil es resignarnos a que el sistema no funciona como debería ni honra el espíritu con el cual fue diseñado. En el mejor de los casos el ADP sería una formalidad para chequear los requisitos del postulante, aun cuando sea vox populi que la competencia –cuando la haya- no se decidirá por estricto mérito. La otra alternativa es volver a reunir a los actores políticos relevantes para que se pongan de acuerdo en corregir el modelo. Así no nos seguimos haciendo trampa en el solitario. En varios países desarrollados el servicio civil es prestigioso y estable. El nivel de los seleccionados es alto porque la competencia es ardua. En consecuencia mejora el funcionamiento del sector público. ¿Cuál le parece mejor opción?

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2014-03-16&NewsID=261461&BodyID=0&PaginaId=19

BACHELET: ¿ROJA O ROSADA?

marzo 14, 2014

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 7 de marzo de 2014)

Hace algunas semanas asistí a un debate en la televisión británica en un humilde canal islámico pero con una respetable audiencia en Londres. Me invitaron a comentar la reciente elección de Michelle Bachelet. La pregunta central que el panel intentaba contestar era si acaso –como se rumoreaba- Chile estaba dando un efectivo giro a la izquierda en relación a las previas administraciones concertacionistas. En palabras del moderador, si acaso abandonábamos la zona rosada de la socialdemocracia latinoamericana –donde hasta ahora habríamos compartido espacio con Brasil y Uruguay- para ingresar definitivamente a la zona roja del continente –sumándonos así al grupo de Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Argentina, entre otros.

Aunque la distinción entre una zona rosada y una zona roja no es para nada nítida, sirve para simplificar la interrogante más recurrente que me ha tocado enfrentar respecto del nuevo gobierno de Bachelet en conversaciones políticas dentro y fuera del mundo académico. Mi impresión es que en general los medios europeos durante los noventa vieron con buenos ojos el alzamiento de una marea centroizquierdista razonable en Latinoamérica que desafiara los ochenteros consensos de Washington y se emancipara de la ortodoxia neoliberal, acompañada además de una saludable ola de democratización. Hoy, sin embargo, existe una mirada más bien crítica respecto de lo que ellos interpretan como gobiernos caudillistas, semi-autoritarios y con tendencia a perpetuarse en el poder. Lo que han visto a través de imágenes en las últimas semanas sobre Venezuela sólo ayuda a reforzar esa inquietud.

Sin embargo no todos son tan críticos. Al menos en el caso de Chile varios analistas destacan que un leve viraje a la izquierda podría ser bienvenido en tres sentidos específicos. Primero, en un sentido institucional. En este marco suele destacarse la promesa bacheletista de una nueva Constitución que abandone el lastre de Pinochet. Segundo, en una dimensión de justicia social. Si bien existe consenso en que Chile es el alumno aventajado de la región en materia de crecimiento y estabilidad económica, no pierden de vista nuestros índices de desigualdad ahora que pertenecemos al club de la OECD. Tercero, desde una perspectiva cultural. Casi siempre se menciona que el nuestro es un país mayoritariamente católico donde los avances en algunas materias sensibles –como derechos reproductivos o respeto a la diversidad sexual- son lentos y trabados. Si el nuevo gobierno de Bachelet orienta su trabajo hacia esos focos sin perder la estampa de una izquierda responsable, no me cabe duda que la recepción afuera será positiva. El hecho que ella misma haya descartado la idea de alargar el período presidencial para favorecerse o de cambiar las reglas para permitir su inmediata reelección también ha sido interpretado favorablemente. Nos distingue de una controvertida práctica común en el barrio.

Una nota final. Mis compañeras analistas en el estudio representaban organizaciones con agenda y fueron bastante monotemáticas a decir verdad. Para una de ellas el desafío central de la segunda administración de Bachelet era limpiar el mal recuerdo de su primer mandato en relación al tratamiento de los pueblos originarios. Para la segunda en cambio la clave pasaba por consolidar el ingreso femenino al poder político después del simbólico paso de Bachelet por ONU-Mujeres. En la ocasión les señalé respetuosamente que ninguno de los dos tópicos había sido recurrente en los debates o en la conversación a través de la redes. Educación, acoté, parecía ser la vedette de las elecciones. Sin embargo no está demás tomar nota de sus preocupaciones, en el sentido que hay atención adicional puesta sobre el manejo que le damos al conflicto chileno-mapuche y  a la efectiva incorporación de la mujer a un estatus de igualdad de derechos y oportunidades.

Link: http://www.capital.cl/poder/bachelet-roja-o-rosada/


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