por Daniel Brieba

Mucho se ha escrito recientemente, y no menos por los autores de este blog, sobre la crisis de representatividad de nuestra política y su aguda falta de renovación generacional. Sin embargo, un signo al menos tan preocupante como la ausencia de nuevas caras en la escena política nacional es la lenta pero continua migración de los políticos más preparados y con mejor formación- en suma, los mejores aportes- de las altas esferas públicas. Irónicamente, la renovación por la que clamamos se ha tendido a dar principalmente por medio de la sustitución de los que no querríamos que se fueran. Ya hace un tiempo Ricardo Lagos Weber se quejaba de que los mejores se estaban yendo de la política, un eco que han repetido otros desde entonces. Poco tiempo después, jóvenes y capaces aportes como Carolina Tohá y Darío Paya anunciaban que no repostularían al Parlamento- la primera aduciendo que el ambiente en el Parlamento se había vuelto “desgastador, lleno de rencillas y egoísmo”. Ese camino ya lo había tomado Alejandro Foxley al abandonar su escaño senatorial, pero afortunadamente la Presidenta lo recicló para instalarlo como Canciller- un puesto ciertamente no apto para novatos. Hoy en La Tercera, se especula que Jaime Orpis tampoco repostularía a la Cámara, al parecer debido a (entre otras razones) ‘la baja calidad de la discusión en el Parlamento’. Todo indica que la calidad de la política, y no sólo su percepción pública, se ha deteriorado marcadamente.
El problema es que, por un simple asunto de incentivos, cuando la calidad de la política se deteriora, cuando la discusión se vuelve superficial e ideológica, cuando el aporte de cada político se ve limitado por la hostilidad de los adversarios y la rigidez de los acuerdos posibles de alcanzarse, cuando la política se vuelve exclusivamente un juego de facciones, las personas más capaces emigran porque tienen mejores cosas que hacer con su tiempo que discutirle a una muralla. Pegas en el sector privado, mejor pagadas y mucho más gratas, sin estar expuesto a los rigores de la luz pública, o bien pegas interesantes en centros de estudio u organismos internacionales, donde el conocimiento y el análisis son valorados y recompensados, se vuelven opciones atractivas para aquellos cansados de una política intelectualmente pobre y uniformemente confrontacional. Y así, en un ciclo que se refuerza a sí mismo, la política se deteriora aun más a medida que sus mejores elementos emigran.
En esto la ciudadanía- o sea nosotros- tenemos una responsabilidad ineludible. Por de pronto, si queremos ser gobernados por gente competente y responsable en vez de por chantas de toda especie, necesitamos atraer a buena gente a la política, tanto a los altos cargos del Ejecutivo como al Legislativo. Ello requiere buenos salarios y un mínimo de valoración pública del trabajo que hacen. Como ciudadanía, últimamente hemos hecho lo posible por remar en la dirección contraria en ambos aspectos. La indignación pública con los aumentos de salarios de parlamentarios y ministros en la última movilización de funcionarios públicos significó que los ministros tuvieron que renunciar al 10% de aumento nominal, lo que dado la inflación de 7% en 2008 significó que en efecto recortamos el poder adquisitivo de estos puestos (esperemos que el populismo de ‘donar obligatoriamente’ esta porción no se perpetúe en el tiempo). Por otra parte, la baja valoración de ‘los políticos’ y la creciente rabia frente a lo que se percibe como una casta privilegiada han hecho que manchemos a todos los políticos con la misma brocha de incompetencia y corrupción.
Una de mis sorpresas al llegar a Inglaterra fue el comprobar que los estudiantes chilenos en el LSE estábamos notablemente concentrados en el área de políticas públicas; en cambio, los argentinos preferían estudiar aspectos altamente teóricos de la economía. La explicación, me di cuenta, era sencilla: los chilenos queremos volver porque sentimos que desde la política pública (ya sea en el gobierno o en consultorías) se puede hacer una diferencia, y queremos aportar con lo que hemos aprendido; los argentinos, en cambio, dada la pobrísima calidad de sus políticos, la falta de institucionalidad de su política y la corrupción generalizada no tienen mayores expectativas de poder contribuir significativamente a la formulación de políticas, y por eso se especializan en otras áreas. Nosotros tenemos un capital enorme: una camada entera de jóvenes altamente preparados y motivados que quieren contribuir con su trabajo a la tarea colectiva de hacer de Chile un país más justo y más desarrollado. Pero para que el trabajo de esta nueva generación haga una diferencia requerimos seguir contando con una política poblada por políticos capaces, serios y motivados. Si dejamos que la calidad de los políticos profesionales se deteriore, ni la más sofisticada refinación de nuestros técnicos y expertos en políticas públicas nos salvará del mal gobierno. Por ello, lo que estaría empezando a suceder con nuestros políticos es preocupante y una advertencia: ni nuestro rechazo a la corrupción ni nuestras demandas por sangre nueva deben hacernos crear un clima de tal hostilidad hacia lo público que ahuyentemos de la política justamente a los políticos que más necesitamos.




