por Cristóbal Bellolio (publicada en Revista Capital edición del 10 al 23 de julio de 2009)

Aprovechando la invitación de Vodka Finlandia para presenciar el célebre Midnight Sun que inaugura la temporada estival escandinava, tuve una semana para resolver algunas dudas, mitos y prejuicios que cargaba respecto a dicho país. ¿Cuánto depende el generoso y extenso Estado de Bienestar de la frecuencia de milagros económicos como el de Nokia? ¿Cómo se administran las empresas públicas para que sean rentables y competitivas? ¿Qué receta nos entrega uno de sistemas educacionales de mejor calidad mundial? Y finalmente, ¿Qué relación existe entre el éxito económico y la calidad de vida con la efectiva felicidad de sus ciudadanos? ¿Qué incentivos para mejorar existen cuando el valor central de la sociedad es la igualdad? Estas son mis impresiones al respecto.
Llegué a Helsinki después de casi un día y medio de viaje. Una respetable parada en Sao Paulo, una extensa en Londres, y finalmente un pacífico arribo en la capital finlandesa. Con pandilla latina (corresponsales de todo el continente hispanoparlante, desde Maxim a National Geografic), partí al asalto de un par de certezas y sorpresas. Cada cierto tiempo abortaba los paseos corporativos para ensayar conversaciones en la calle ¿El objetivo? Confirmar y desestimar hipótesis prefabricadas. Honestamente nunca pensé pisar territorio finlandés, pero si ya estábamos en eso, había que sacarle el jugo.
EL ESPÍRITU DE CONSENSO
Mi primera obsesión estuvo en el concepto del Estado de Bienestar, pilar compartido con el resto de sus vecinos. Pasando de largo los lugares comunes, apunté las preguntas a la conformación del robusto erario público. Obviamente, escuché “impuestos”. Y altos. Pero una planificación tributaria ambiciosa y sustentable requiere contribuyentes solventes. Entonces aparece una evocación común en el imaginario finlandés: La necesidad de milagros económicos. Nokia es el último de ellos. Una empresa forestal que cambia de giro asumiendo las pérdidas de los primeros ¡17 años! De pronto, boom. Y con ellos, gran parte de la fuerza laboral se convierte a la economía del conocimiento. Gracias a las “ciencias informáticas”, la ventaja que Finlandia sacó en la segunda década de los noventa fue significativa. Con casi 6 millones de habitantes, el ingreso per cápita supera los 35 mil dólares. Y si bien Papá Estado se la juega por la inversión en innovación, en un país cuyo gasto en I+D asciende aproximadamente al 3,5 del PIB, el 70% de dicha cifra la aporta el sector privado. No estamos hablando ya del eje programático del gobierno de turno o de un sector político, sino de una estrategia nacional ampliamente consensuada y legitimada a través del tiempo por toda la sociedad. El largo plazo existe en Finlandia. El estrecho horizonte electoral no es más importante. Admito haber sentido un dejo de envidia.
Pero además de consenso, se respira pragmatismo. El espacio para el dogmatismo es reducido. Y mi interés se cifró precisamente en Vodka Finlandia, que según mis registros se trataba de una empresa estatal. Averigüé luego que la marca había sido adquirida recientemente por la distribuidora americana Brown-Forman, pero que el vodka era producido (y lo seguirá siendo hasta 2017) por una compañía pública de nombre Altia. No pude dejar de llamar la atención respecto a que fuera el propio gobierno quien tuviera a su cargo la elaboración de una bebida alcohólica. Algo así como que en Chile la pisquera Capel tuviera el mismo estatuto de Codelco. Pero con diferencias sustanciales: Tanto el vodka como el pisco están lejos de ser materias primas, y el cobre no tiene efectos nocivos en la salud de la población. Más que una cuestión acerca de la propiedad de los medios de producción, me parecía una situación con implicancias lisa y llanamente éticas. Pero luego recibí una versión tranquilizadora: Al igual que el proceso de privatización que vivió Absolut en Suecia, el plan consiste en un progresivo desprendimiento por parte del Estado respecto de aquellas empresas que, como Vodka Finlandia, dejan de revestir un interés estratégico. Lo paradójico, ciñéndonos exclusivamente a la gestión de una empresa bajo control estatal, es que Vodka Finlandia podría perfectamente salir a la bolsa mañana. Su eficiencia y competitividad está fuera de discusión, mientras su gobierno corporativo es seleccionado y evaluado de acuerdo al mérito y los resultados, y no al cuoteo partidista. Sentí un segundo pinchazo de envidia.
LA CLAVE DEL DESARROLLO
Pero antes de caer en estados de fascinación, quise hurgar en algunas cuestiones más incómodas. Particularmente en la enorme presión que recibe el Estado de Bienestar cuando la población finesa envejece a paso seguro y exige un sistema de pensiones a la altura. Es común en los países desarrollados la mentalidad del adulto mayor que al jubilarse comienza una nueva vida, el momento de disfrutar después de tantos sacrificios. Obviamente este es un problema que nosotros también tendremos, pero en Finlandia se vuelve urgente. Agreguemos además que estamos hablando de una de las ciudadanías más intelectualmente sofisticadas del orbe. 7 de cada 10 alcanzan la educación terciaria. Lo que nos lleva a otro problema: La sobrecalificación como variable del desempleo (que en la actualidad amenaza los dos dígitos). Y como no puede ser de otra forma, en la red de seguridad social para los desocupados se concentra otro esfuerzo del Estado de Bienestar. Todo lo anterior me obligó a preguntar cómo diantres se financia todo esto sin un nuevo Nokia en los próximos 10 o 15 años. Y aunque aceptaron la dificultad, no les tiritó el mentón. La confianza ante la adversidad es casi una cuestión de carácter. Los noté tan seguros respecto del camino que hace un par de décadas tomaron, que no hay lugar para la incertidumbre. Los huevos están puestos en una canasta que no les puede fallar: La igualdad y la calidad de la educación de sus niños.
Ambos ejes son imprescindibles en el esquema finlandés. Una educación que no es igualitaria no sirve, en ella descansa el fundamento moral de la construcción de su Estado moderno. Una educación que no es de la mejor calidad no les permite revertir sus desventajas naturales (lejanía, idioma, clima) para salir a competir seriamente al mundo. Recuerdo con gracia una conversación de aeropuerto en la cual una ejecutiva finlandesa me hacía notar que en las escuelas de provincias, especialmente rurales, aun era posible detectar una “leve inferioridad” respecto a los establecimientos de la capital. Y bueno, los finlandeses no se niegan a tomar las respectivas pruebas de medición internacionales. En las últimas pruebas PISA llevan la delantera mundial. En este punto la envidia dejó de ser sana. Pero aunque parezca increíble, encontré una interesante similitud con nuestro sistema educacional. Se trata, como era previsible, de un modelo de educación pública y gratuita en todos los niveles, pero además municipalizado. Hasta las socialdemocracias (las modernas, claro) comprenden la conveniencia de descentralizar la gestión estatal. Quizás los puntos de comparación con Chile sean demasiado distantes, pero no pude evitar recordar la eterna protesta de nuestra izquierda y parte del movimiento estudiantil: La mala calidad de la educación estaría en directa relación con su dependencia administrativa; Según esta tesis, si los liceos municipales volvieran al control del Ministerio de Educación, milagrosamente los resultados cambiarían. Pensar que un problema de la profundidad del nuestro puede resolverse con un ajuste técnico-burocrático me pareció, más que nunca, un exceso de estéril dogmatismo. Los finlandeses, sin ir más lejos, están seguros que la clave está en la formación de los profesores.
EL PRECIO DEL RIGOR
Pero como nada puede ser tanta maravilla, me enteré luego de que los índices de felicidad de los niños finlandeses eran comparativamente bajos. La exigencia debe llevarse parte de la responsabilidad, pienso. La presión de obtener resultados puede arruinar cualquier infancia, aunque el sentimiento social de culpa esté absolutamente atenuado por la consistencia de los logros nacionales. Y no se trata sólo de los escolares, ya que el fenómeno de la “infelicidad relativa” es extendido en todos los segmentos. Bien podrá tratarse del país menos corrupto del planeta (título que comparte con Dinamarca y Nueva Zelanda), pero ostenta al mismo tiempo una de las mayores tasas de suicidios por habitantes. Me habría gustado compartir estas reflexiones con algún especialista en psicología social, pero apuesto mi cabeza a que el horroroso clima tiene parte en este entierro. Vivir a oscuras tres cuartas partes del año no es ninguna invitación al jolgorio. El ánimo, supongo, se va entristeciendo. Por eso tres tímidos rayos de sol son sinónimo de aprovechamiento de espacios públicos. Quizás por eso nuestros hermanos latino-tropicales se bancan la pobreza y la opresión con tan buena cara: Mientras nadie se muera de frío y la rumba siga sonando se puede ser feliz. Porque hasta la música tiene sus expresiones depresivas en Finlandia. En lugar de reggaetoneros en las esquinas, me topé con decenas de personajes góticos amantes del lado más oscuro del rock. Varios de los artistas más importantes son literalmente mutantes, con rostros monstruosos y voces guturales, los que conviven con un refinadísimo sentido musical clásico. De noche, la juventud finlandesa se entrega al alcohol tan fervorosamente como la chilena. Pareciera haber mucha pena que olvidar, mucho frío que mitigar, mucho stress que relajar, lo que desarrolla una carácter amable pero hermético y potencialmente desquiciado. Esta vez, lo reconozco, no sentí atisbo de envidia. Aunque Chile esté lejos de ser la expresión químicamente pura de latinidad, me quedo a ojos cerrados con la magia y el calor de nuestra gente.
En los últimos días exploré una explicación alternativa al problema de la “infelicidad relativa”. Y obedeciendo a mi deformación profesional, la busqué en las instituciones y los incentivos del sistema. Mi hipótesis era bastante gruesa: Una sociedad que se funda en el valor igualitario resiente la aspiración natural de los hombres por destacar. Este reconocimiento a la distinción y la adquisición de cierto estándar de vida objetivamente superior al resto satisface necesidades inmateriales cercanas a lo que conocemos por felicidad. En cambio, si cada individuo es normativamente limitado en su posibilidad de obtener mejores condiciones para él y su familia, es probable que sus esfuerzos sean menos dedicados. No hay incentivos visibles en redoblar el trabajo si su fruto no será gozado por la persona que los produce. Y me llamó muchísimo la atención que los finlandeses con los cuales puse a prueba mi tesis sociológico-política me daban prácticamente la razón con total sinceridad y estoicismo. Esperaba la tradicional negación ideológica y recibí una mirada de asentimiento y un encogimiento de hombros, una especie de “ese es el costo que estamos dispuestos a pagar por tener una sociedad que no esté dividida entre los que tienen y los que no tienen”. El sentimiento igualitario está tan presente en la política pública como en la cultura patria, a lo que contribuye una población eminentemente homogénea en términos raciales, y que después de enfrentar una serie de adversidades geopolíticas en los últimos siglos (gentileza de suecos y rusos), ha desarrollado un sentido unitario y colectivo dominante.
La persistencia de su estrategia de desarrollo es una expresión moderna de ese espíritu. El Estado finlandés vela porque todos sus nacionales tengan igualdad de acceso a las oportunidades, erradicando parcialmente la transferencia intergeneracional de ventajas y desventajas. Y así como eso implica sacrificar también cierto espíritu de superación, lo compensa trazando un plan de vuelo, que asociado a la innovación y sin mayores complejos ideológicos, equilibra la balanza siempre a favor.

CUANDO LA NOCHE ES DÍA
Capítulo aparte merece la celebración del “Sol de medianoche”, evento para el cual los trescientos invitados de Vodka Finlandia fuimos transportados a la localidad de Rovaniemi, hogar del viejo pascuero, dentro del Círculo Polar Ártico. La travesía incluyó vuelo chárter y barcas vikingas hasta el lugar señalado, perdido en la nada. Probablemente no vuelva a estar tan al norte en mi vida. Nos dio la bienvenida un reno viejo de nombre Rodolfo. Y bueno, mucha carne de reno. Y vodka, por montones, apilados decorativamente sobre un majestuoso bar de hielo. Llegamos a eso de las 7 de la tarde y dejamos el lugar de los hechos a eso de las 3:30 de la mañana. No oscureció un ápice en casi 10 horas. Luminosidad total. Casi angustiante, como en “Insomnio” de Al Pacino. Gracias al calor del equipo E! Entertainment (que andaba cazando el Wild On! Finlandia) se pasaba un poco el frío, que llegó a penetrar los huesos. Creo haber estado con el team Playboy de Rumania, entre otros curiosos personajes. Seguramente yo era uno de ellos. Una banda se las arregló para mover el ambiente. Sin mencionar al vodka, obviamente, preparado en sus más absurdas combinaciones (nunca llegué a entender lo de los tragos “moleculares”). A la exacta medianoche presenciamos la pira ardiendo en medio del río. Se inicia la temporada de sol y empieza la leyenda de la producción del grano y todo el asunto, para crear un vodka que se enorgullece de su origen puramente natural. Y que disminuye la resaca, punto importante. Al menos eso creí al día siguiente, cuando después de un par de hora de sueño empecé la odisea de regreso.
Link: http://www.capital.cl/reportajes-y-entrevistas/finlandia-la-obsesa-2.html