ESTÁNDAR POLÍTICO

abril 24, 2015

(Carta al Director publicada en diario El Mercurio del 24 de abril de 2015)

Señor Director:

Ante la situación política actual y la inminente presentación de las conclusiones de la Comisión Asesora Presidencial sobre conflictos de interés, tráfico de influencias y corrupción, quisiéramos manifestar lo siguiente:

1. Que en los casos que han conmocionado a la opinión pública y debilitado severamente la confianza de los ciudadanos, la restitución de esta exige un compromiso transversal e irrestricto con la transparencia y la verdad.

2. Que la tesis invocada desde el mundo político según la cual no se tomarán medidas mientras no haya condenas judiciales es conceptualmente incorrecta y solo agrava la crisis de confianza. Quienes optan por la vida pública saben muy bien que el estándar ético al que están sometidos es más exigente que la mera legalidad. Así lo entiende la ciudadanía y así lo exige la democracia. La política está condenada al inmovilismo si sus representantes se escudan en el silencio o en la antesala de los fallos judiciales, en vez de tomar medidas que entreguen a los ciudadanos señales nítidas de condena a las malas prácticas.

3. Que, por la misma razón, si algunas de las faltas que se han conocido puedan no acarrear sanciones según nuestro marco legal, ello no coarta ni impide el derecho a conocer si los representantes electos cometieron dichas faltas. Se trata de una información indispensable para que los ciudadanos puedan exigir las responsabilidades políticas del caso a través del voto.

4. Que la actual crisis política no es sinónimo de crisis institucional, como algunos se apresuran a pregonar o concluir. Aunque es evidente que la actual crisis política constituye una prueba para nuestras instituciones, no puede negarse que estas están cumpliendo su rol. Y que todos, especialmente aquellos que se dedican a los asuntos públicos, deben asumir un compromiso irrestricto con el Estado de Derecho vigente y con el trabajo independiente de las instituciones.

Cristóbal Bellolio;

Daniel Brieba; 

Ignacio Briones;

Hernán Larraín M.; 

Leonidas Montes

Link: http://www.elmercurio.com/blogs/2015/04/24/31239/Estandar-politico.aspx /

http://impresa.elmercurio.com/pages/detail-view.htm?enviar=%2FPages%2FNewsDetail.aspx%3Fdt%3D24-04-2015%200%3A00%3A00%26PaginaId%3D2%26SupplementId%3D0%26bodyid%3D1

LOS ESPÍRITUS DEL CAPITALISMO

abril 21, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 17 de abril de 2015)

Chile y Argentina, países hermanos, han transitado derroteros históricos similares. En las últimas décadas ambos han experimentado dictaduras militares y procesos de modernización democrática. Paralelamente, en el campo económico, tanto Chile como Argentina han sido laboratorios de las recetas del llamado Consenso de Washington (al que sus críticos se refieren sencillamente como el modelo neoliberal). El resultado de la aplicación del neoliberalismo ha sido, sin embargo, disímil: mientras en Chile los principios de la economía libre profetizada desde las aulas de Chicago se arraigaron con bastante éxito, en Argentina nunca echaron suficientes raíces. Por el contrario, fueron impugnados recurrentemente. Este fenómeno es el que Tomás Undurraga, Doctor en Sociología de la Universidad de Cambridge, aborda e intenta explicar en su reciente publicación “Divergencias: Trayectorias del Neoliberalismo en Argentina y Chile” (UDP, 2014). La obra de Undurraga ilustra con claridad cuáles fueron –y siguen siendo- las diferencias entre ambos procesos de instalación del capitalismo de mercado. En esta reseña me propongo analizar tres de sus aristas.

Distintos tipos de suelo

El autor contrasta las condiciones políticas y culturales en las cuales se produce la importación de un modelo teóricamente ajeno a la práctica latinoamericana. El régimen militar chileno contó con el tiempo y distancia propicios para la aplicación unilateral y vertical de sus reformas. Nunca se vio en la necesidad de transigir o compensar a los eventuales perdedores del nuevo orden. Los gobernantes argentinos tuvieron que enfrentar una serie de contratiempos que dificultaron la instalación efectiva de una economía de mercado. Sus idas y vueltas fueron minando la legitimidad de un modelo que ni siquiera en sus mejores momentos –con Menem a comienzos de los noventa- tuvo aceptación hegemónica. La ciudadanía argentina, acostumbrada a negociar cuotas de poder en condiciones de relativa horizontalidad, no fue hueso fácil de roer. En contraste, los chilenos abrazaron el credo libremercadista con menos reticencias. La desintegración del tejido social y la ausencia de una cultura democrática robusta crearon las condiciones idóneas para la subrogación de los espacios propiamente políticos por la jurisdicción de lo económico: el ciudadano se reconvirtió en cliente y consumidor. Los chilenos aceptaron que la clave del éxito estaba en el esfuerzo individual y no en la captura de estructuras colectivas, corporativas o estatales. Ese habría sido el triunfo cultural más resonante del neoliberalismo en Chile. Por cierto, reconoce Undurraga, los éxitos de la economía chilena contribuyeron a legitimar el modelo. La democratización del acceso a bienes materiales y posicionales, el crecimiento económico sostenido que permitió a millones de chilenos salir de la pobreza dura y las perspectivas de un país en el umbral del desarrollo animaron –especialmente a la Concertación- a continuar por la misma senda. Sin resultados positivos, quizás otro gallo habría cantado también en Chile.

Sin embargo no fueron sólo los éxitos del capitalismo los que le permitieron al neoliberalismo chileno campear sin adversarios durante veinticinco años. Undurraga sugiere observar ciertos rasgos idiosincráticos para entender la disparidad de experiencias de capitalismo en Chile y Argentina. Nuestro país ya contaba con una tradición legalista que proporcionaba un marco general para la aplicación de una economía con reglas liberales, la que fue profundizada a partir de la ejecución capitalista. Chile adquirió chapa de sistema institucional maduro y estable, garante de seguridad jurídica, fiero defensor del derecho de propiedad, promotor de la libre competencia, creando de paso un ambiente óptimo para invertir y hacer negocios. Un cuento distinto se contó de los argentinos, poseedores de un sistema político tomador de decisiones económicas a partir de la presión política. Esta volatilidad en sus compromisos no hacía de Argentina el lugar adecuado para fundar una economía con reglas liberales. La tesis subyacente es que la condición de éxito del neoliberalismo a la chilena fue que el orden económico subordinó al orden político. El fracaso de su símil trasandino se caracterizaría por la relación inversa. Aunque el autor no lo menciona expresamente, cuesta no pensar en el célebre telefonazo del entonces Presidente Piñera a los dueños de Barrancones como la expresión más típica de la versión argentina. Lo que para nosotros fue una erosión grosera de la institucionalidad, en el país vecino habría sido una demostración corriente de flexibilidad y gobierno manos a las obra. En efecto, señala Undurraga, nuestra clase política –sedienta de acuerdos- se refugió en la supuesta neutralidad política del mercado como un espacio de no-conflictividad. Los argentinos, más acostumbrados a la discrepancia frontal, nunca aceptaron las credenciales de imparcialidad universalista del neoliberalismo. Según su visión, el campo de la economía -como cualquier otro- debe estar disponible para ser litigado, negociado, asignado, cuoteado y distribuido según criterios políticos. De ahí que produjeran su propia variante del capitalismo, una versión “nacional-popular” que se ha incorporado como herramienta prevalente de proselitismo político en la retórica de los Kirchner.

Un asunto de reputación

Una de las secciones más interesantes del recuento de Undurraga es el contraste en torno a la figura del empresario. Mientras en Chile se ensalzaron sus virtudes profesionales, patrióticas y morales -una suerte de héroe moderno, protagonista del país ganador, sostenedor del progreso para todos- en Argentina pasó a convertirse en sinónimo de ganancia mal habida y cohabitación impropia con el poder. En jerga del caso Penta, mientras los empresarios chilenos fueron considerados “máquinas de crear empleo”, sus pares argentinos son hasta ahora vistos como “máquinas de defraudación”.

La posición de privilegio reputacional del empresario chileno tiene implicancias políticas. Undurraga describe una importante asimetría en los niveles de organización del empresariado en ambos países. La fragmentación y rivalidad de los empresarios argentinos –con defensa sectorial de intereses- contrasta con la afinidad ideológica y el sentido “de cuerpo y clase” de los empresarios chilenos. Las conexiones políticas de estos últimos son evidentes. Su influencia es resonante en cada una de las discusiones públicas relevantes. En Argentina, comenta Undurraga, sería impensable que los candidatos a la presidencia tuvieran que rendir examen ante una organización pro-empresarial, como ocurre regularmente en Chile. Por lo mismo, los empresarios del país vecino no vocean su oficio con orgullo ni se sienten socialmente autorizados a dictar cátedra sobre la marcha de la nación en sendas entrevistas a página completa. Nada más distinto en Chile, donde los empresarios son actores ampliamente legitimados en el debate de cara al país. Sólo recientemente han comenzado a ver su capital simbólico cuestionado. El héroe noventero ha caído en parcial desgracia, anota Undurraga.

Junto a una prensa económica singularmente nutrida –Undurraga está pensando especialmente en El Mercurio pero menciona otros proyectos como esta misma revista-, un importante grupo de escuelas de negocios –donde destaca por su rol histórico la escuela de Economía y Administración de la PUC-, influyentes Think Tanks de corte liberal –como el CEP o Libertad y Desarrollo- y un robusto sector de consultorías de negocios, los empresarios organizados en foros como ICARE han contribuido a la generación de auténticos circuitos culturales con la misión de revitalizar la justificación moral del capitalismo, “instalando nociones virtuales acerca de las supuestas formas en que funciona el mundo”. La observación del autor es interesante porque subraya que el modelo económico no es natural sino que ha sido naturalizado como resultado de un proceso largo, coordinado e intelectualmente bien trabajado. El capitalismo, indica Undurraga, necesita de un aparato reflexivo que esté invirtiendo continuamente en la promoción de sus virtudes. Así por ejemplo, banderas como el emprendimiento, la innovación y la responsabilidad social se habrían enarbolado justamente como respuesta a las críticas que recibió el capitalismo europeo aparentemente estático de los años sesenta. Se desprende que los circuitos culturales chilenos tendrían la misión política de reverdecer los laureles del modelo ante la asonada de descontento que se ha registrado en el último tiempo.

El resorte de la máquina

“Divergencias” abre con una mención a las grandes narrativas de justificación del capitalismo. Parte con Adam Smith y la idea de la propensión humana al intercambio comercial, que en el camino será capaz de impactar positivamente en el comportamiento de los individuos a través de la promoción de una serie de virtudes como honestidad, confianza mutua y prudencia en el vivir. Sigue con Max Weber y su idea de la vocación por el trabajo y la riqueza como componente de una determinada ética religiosa y cultural. Continúa con Schumpeter, la noción de espíritu emprendedor y la dinámica de destrucción creativa que sería propia de los modelos de libremercado. Menciona a Karl Polanyi y su crítica a la potencialidad eminentemente destructiva del capitalismo para las sociedades. Llega finalmente a las recientes contribuciones de Boltanski y Chiapello, que justamente apuntan a la necesidad frecuente de renovar estas narrativas de justificación en orden a renovar su legitimidad social. “Divergencias” cierra preguntándose si acaso alguno de estos “espíritus del capitalismo” empalma con la narrativa y la realidad de los modelos chilenos y argentinos. Undurraga es escéptico. La tierra prometida por Smith no se ha hecho carne en la región. Contra el relato triunfalista noventero, el resorte de la máquina -como le llamaba Diego Portales a la virtud ciudadana que sostendría a la república- aparece más bien dañado: no es precisamente honestidad y confianza lo que está transmitiendo la elite económica. Reconoce que los sectores conservadores del empresariado chileno han adoptado un discurso pseudo-religioso para justificar su proceder –la mortificación del trabajo del Opus Dei es nuestro correlato al protestantismo de Weber- pero que no ha bastado como elemento legitimador masivo. Identifica a Schumpeter en la retórica del emprendimiento y la innovación, pero aclara que los empresarios chilenos son generalmente aversos al riesgo, mientras los procesos de creación de valor y la producción de nuevos conocimientos se concentran en la cima de la jerarquía y no se suelen traspasar a los trabajadores. Se pregunta si acaso las tesis de Boltanski y Chiapello son aplicables a un contexto tan específico como el nuestro. En síntesis, Undurraga deja abierta la pregunta sobre los futuros espíritus del capitalismo en Chile y Argentina, bajo la premisa de que las viejas narrativas requieren ser renovadas por los aparatos reflexivos que sostienen el modelo económico.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/04/17/000419-los-espiritus-del-capitalismo

EL PROGRAMA ES MÁS GRANDE QUE TU PROBLEMA

abril 19, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 19 de abril de 2015)

Es una curiosa situación la que vive el oficialismo. Durante mucho tiempo, se acostumbraron a depender del capital personal de Michelle Bachelet. Pero esas acciones van a la baja. Las reformas emblemáticas que prometió en campaña, sin embargo, gozan de relativa buena salud. La interrogante clave es si acaso esas transformaciones tienen porvenir a pesar de la atribulada popularidad de la Presidenta.

Cuando Bachelet regresó de Nueva York para asumir la candidatura de la Nueva Mayoría, fusionó su activo carismático con las demandas del llamado movimiento social que tomaron vida propia en tiempos de Piñera. Elegirla a ella implicaba votar por un programa que establecía cambios importantes en educación, tributación y régimen constitucional, entre otras áreas. Pero los promotores de estas iniciativas tenían claro que los programas no ganan elecciones. Para ello se necesitan figuras capaces de encarnar esa narrativa. Bachelet era el vehículo perfecto a través del cual se materializarían las anheladas reformas. Su tipo de liderazgo –horizontal, cercano, confiable- sería el lubricante idóneo para parir la institucionalidad del nuevo Chile.

A la luz de los acontecimientos, ese plan debe ser revisado. Políticamente hablando, el factor Bachelet pasó a la columna de los pasivos. Advirtiendo lo anterior, los miles de jóvenes que marcharon esta semana para insistir en la gratuidad universitaria y protestar contra la corrupción estaban muy interesados en enviar el siguiente mensaje: aunque la Presidenta esté débil, el mandato de sacar adelante las reformas consignadas en el programa se mantiene. Si Santa Michelle extravió la aureola, entonces sobre la sociedad civil organizada recaerá la responsabilidad de mantener encendido el fuego sagrado.

Desde el bacheletismo retrucan señalando que la Presidenta no ha perdido el timón, sino que nos desafía a entender el ejercicio del liderazgo en una clave menos autoritaria y vertical. Como si Bachelet quisiera retirarse de escena para dejar que en su ausencia germinen las voces subterráneas de la ciudadanía. Pero esa es una interpretación irreal y en el mejor de los casos un resultado involuntario. La idea del segundo mandato era justamente la opuesta: poner su capital político al servicio de causas parcialmente impopulares.

Paradójicamente, la irrelevancia en la que podría caer la Presidenta no anticipa el fracaso de su gobierno. Es evidente que a La Moneda se le hace más difícil sacar adelante sus proyectos si la Jefa habita el 30% de aprobación. Pero no es el acabose. Con mayoría parlamentaria y un programa de reformas generalmente apoyadas por los chilenos, la segunda administración de Bachelet podría terminar haciendo una contribución significativa que no se mide necesariamente en el aplausómetro de la primera magistratura.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-04-19&NewsID=311075&BodyID=0&PaginaId=13

¿ES NATALIA COMPAGNON UNA EMPRENDEDORA INCOMPRENDIDA?

abril 16, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 12 de abril de 2015)

Cuentan que a Natalia Compagnon -la mujer del primogénito presidencial Sebastián Dávalos- le pareció bien el reportaje que desclasificaba el negocio que su empresa Caval realizó sobre unos terrenos en Machalí. A Compagnon no le habría disgustado la idea pues creía que la nota reforzaba su calidad de “emprendedora”. Es la misma idea que intentó volver a posicionar esta semana en una exclusiva entrevista: la de una mujer profesional, independiente y emprendedora, injustamente atacada por una sociedad machista y poco tolerante con el éxito ajeno. ¿Es Natalia Compagnon una emprendedora incomprendida?

Si bien es cierto que la noción de “emprendimiento” es flexible, es probable que a los emprendedores camiseteados con ese riesgoso estilo de vida no les haga gracia verse retratados en los negocios de Compagnon. A fin de cuentas, una cosa es la viveza comercial y otra bien distinta es la creación de valor donde no lo hay. En el polémico caso Caval, la nuera de Bachelet habría actuado más bien como una simple especuladora inmobiliaria. No digamos que se trata de una operación que vaya a enseñarse en las aulas universitarias ni que inspire al mundo de las pymes. De innovación tiene pocazo. Por el contrario, sigue el viejo patrón de comprar barato para vender caro. Por lo anterior, Compagnon no es una emprendedora en sentido estricto, sino una astuta negociante que sabe hacerla.

Pero incluso aceptando la etiqueta, es bastante ingenuo pensar que la opinión pública anda con ánimo de celebrar modelos de negocios que no tienen otro fin que el lucro privado. Los empresarios ya no están en el olimpo reputacional donde estuvieron hasta hace pocos años. Sus historias ya no se cuentan como prístinos relatos de éxito sino a veces como derroteros fraudulentos. En el imaginario de la ciudadanía, desde La Polar hasta Penta pasando por Caval, todas caben en el mismo saco. Bajo este exigente nuevo estándar, Compagnon simboliza codicia y no despierta admiración.

Queda, finalmente, la acusación de femicidio social. Compagnon dice sentirse discriminada por ser mujer. Sin embargo cuesta ver en qué sentido esa victimización puede tener asidero en la realidad. No es que creamos que ella sea incapaz de gestionar un crédito millonario, sino que las circunstancias objetivas del negocio sugieren una intervención “desde arriba”. Si Compagnon no estuviera en escena y en su lugar estuviese cualquier otro varón emparentado con la primera magistratura, el reproche ciudadano sería bien parecido. La discriminación por género existe y hay que combatirla, pero es dudoso que éste sea un caso de aquellos.

Natalia Compagnon hace lo correcto al disculparse con la Presidenta por el involuntario daño causado. Su dolor es genuino y el abuso verbal -e incluso físico- que ha recibido debe ser categóricamente condenado. No obstante, su línea de defensa sigue siendo fácilmente expugnable y su versión de los hechos poco convincente. Sus propios socios han contribuido a ese juicio. Su desventura presente no tiene mucho que ver con su condición de emprendedora o de mujer.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-04-12&NewsID=310320&BodyID=0&PaginaId=15

DESCUBRIENDO EL TERMÓMETRO

abril 8, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de abril de 2015)

El Contralor General de la República, Ramiro Mendoza, se despide de su cargo advirtiendo a la ciudadanía que “la corrupción ha llegado” a Chile. Es inevitable que los sucesos de los últimos meses han alimentado esa sensación: empresarios en prisión preventiva por evasión de impuestos, políticos sorprendidos financiando ilegalmente sus campañas, y hasta el hijo de la Presidenta involucrado en un caso de presunto tráfico de influencias y abuso de privilegios. Si vamos más atrás, nos encontramos con la colusión de pollos y farmacias. Un poco más atrás, con el caso La Polar y los conflictos de interés en el gobierno de Sebastián Piñera. Vayamos aún más atrás y acordémonos del MOP-Gate, que tuvo entre las cuerdas a la administración de Ricardo Lagos. En los noventa tuvimos hasta ministros que recibieron caballos de regalo. En los ochenta, empresas del estado subastadas entre gallos y medianoche… ¿Por qué pareciera que Mendoza está anunciando la aparición de un fenómeno nuevo?

Puede ser porque los chilenos nos hemos acostumbrado a compararnos favorablemente con el vecindario, donde efectivamente la corrupción campea de forma más explícita o grosera. Con orgullo recordamos que nuestros carabineros no se dejan coimear. Pero al mismo tiempo hacemos chistes sobre lo fácil que es reconocer compatriotas en el exterior porque se cuelan en la fila. Es decir, no somos ni tan sucios ni tan limpios. Como indicó el cura Berríos, en este país casi todos tenemos un “Penta chiquitito”. El mito del Chile probo es justamente eso: un mito. Pero tenemos una tradición de apego a las reglas relativamente superior que el resto de Latinoamérica.

Por eso no hay que tomar las expresiones del Contralor al pié de la letra. No es que la corrupción haya llegado de la noche a la mañana. Ramiro Mendoza no está comentando el surgimiento de una nueva epidemia nacional, sino apenas describiendo rasgos propios de nuestra cultura –como la satisfacción que produce encontrarle la grieta al sistema y la celebración de la pillería- que probablemente nos acompañan desde el nacimiento del Chile independiente. Lo que ocurre es que hemos mejorado notablemente la capacidad de detección del problema. Ahora contamos con un termómetro más fidedigno, fruto del trabajo cruzado de organismos públicos, agencias pro transparencia, periodismo autónomo y hasta redes sociales inquisitivas.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-04-08&NewsID=309789&BodyID=0&PaginaId=16

LA LISTA NEGRA DE SQM

abril 7, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 6 de abril de 2015)

Tenían razón en la UDI: los gremialistas no eran los únicos que financiaban sus campañas con mecanismos ilegales. Esta semana se conoció un nutrido listado de personas –vinculadas a casi todos los sectores políticos- que recibieron pagos de la Sociedad Química Minera de Chile (SQM) por servicios que jamás habrían prestado y que se habrían destinado a solventar candidaturas. A estas alturas queda meridianamente claro que el uso de facturas y boletas “ideológicamente falsas” era una práctica habitual de nuestros aspirantes a cargos de representación popular. La mayoría de los involucrados en la nueva lista negra sigue siendo de la UDI, pero esta vez se suman varios nombres vinculados a RN, el PRI, la DC y el PPD. Hasta ministros de Estado han salido al baile de las sospechas. La situación se pone especialmente fea para la Falange, porque su flamante nuevo presidente –el senador Jorge Pizarro- sería uno de los beneficiados por este fraudulento esquema. Irónicamente, algunas autoridades de la Nueva Mayoría deben estar agradeciendo que Moreira, Von Baer y compañía aguantaran en sus puestos. Si éstos se hubieran visto obligados a renunciar, ahora estaríamos vaciando el Congreso.

Desde La Moneda han llamado a la prudencia. Piden evitar una “caza de brujas”. En efecto, el mero hecho de aparecer en la lista negra que entregó el SII a la Fiscalía acarrea la condena automática de la ciudadanía. Sin embargo el ministro Peñailillo no está preocupado de cuidar la reputación de los casi doscientos apellidos que se han servido para todo tipo de especulaciones y conexiones. Lo que le importa al gobierno, al oficialismo y a la oposición en forma transversal es evitar que el asunto se desmadre y la opinión pública termine por mandarlos a todos al carajo. Por lo mismo ha sido común encontrarse en la prensa con sentidas declaraciones de viejos cracks de la política nacional que claman al cielo por un gran acuerdo que les permita a todos hacer una suerte de borrón y cuenta nueva. Algunos incluso tienen el nervio de advertir que si nos deshacemos de ellos sólo nos quedará la triste alternativa del caudillismo populista o, peor, la intervención militar.

Todo el asunto tendría mejor aspecto si la Presidenta Bachelet no estuviera políticamente “paralizada”, como ha sido diagnosticada por socios y adversarios. Esta semana conocimos un sondeo de opinión que la situó en su peor momento desde que asumió el poder. Hasta sus atributos imbatibles se han visto severamente dañados. Ya no basta con depositar todas las fichas de la confianza pública en su (ex) milagroso capital. Pero también es dudoso que, por sí solo, un cambio de gabinete pueda dar vuelta la tortilla. Por ahora sólo nos queda seguir sacando la mugre debajo de la alfombra, la que inevitablemente viene en forma de morbosas listas negras.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-04-06&NewsID=309446&BodyID=0&PaginaId=29

ASAMBLEA CONSTITUYENTE: UNA CRÍTICA CONSTRUCTIVA

abril 5, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 2 de abril de 2015)

Esta es una crítica constructiva –o colaboración crítica, como dicen por ahí- porque creo que a Chile le haría bien contar con un nuevo texto constitucional re-legitimado a través de una instancia de participación y deliberación democrática. De todos los mecanismos disponibles, me parece que todos palidecen ante las posibilidades de una institucionalidad diseñada especial y enteramente para esos efectos (que contenga, por ejemplo, una serie de inhabilidades para los delegados que les impidan favorecer su posición en la siguiente elección parlamentaria). Me declaro moderadamente optimista de nuestras capacidades republicanas de llevar adelante una tarea cívica de tamaña envergadura. No la considero urgente ni imperativa, pero creo que un proceso de asamblea constituyente responsablemente conducido y estratégicamente bien articulado tiene más ventajas que desventajas para el horizonte de la convivencia nacional. Por lo mismo me parece pertinente subrayar algunos aspectos que, probablemente sin quererlo, están dañando el proyecto y su potencialidad de convocatoria.

1. Confundir procedimiento con resultado. La mayoría de los documentos que circulan solicitando adherirse a AC cometen el mismo error: invitan a hacerse parte de un procedimiento para elegir las disposiciones constitucionales del nuevo Chile, pero al mismo tiempo enumeran cuáles deben ser las disposiciones que debiésemos respaldar. Ya sea universidad gratuita, nacionalización del cobre o prohibición de represas, la promoción del mecanismo decisorio suele ir íntimamente ligada a un contenido prefigurado. Es decir, no siempre nos invitan a AC para discutir entre las alternativas X, Y o Z. Demasiadas veces se nos dice “si quieres X, apoya AC”, lo que obviamente genera reticencias entre los eventuales partidarios de Y o Z. Entiendo que no es igualmente atractivo hacer campaña por una causa que nos inflama el corazón que por un procedimiento donde cualquiera puede ganar. Sin embargo es la única forma de transmitir que en esta idea caben todos. ¿Qué pasa con aquellos que se oponen a la gratuidad universitaria, quieren privatizar las aguas o están de acuerdo en instalar centrales nucleares en territorio nacional? Ellos también tienen el derecho de pujar por sus posiciones en una eventual AC, pero difícilmente perderán el escepticismo si los resultados de ésta aparecen precocinados en la retórica de sus promotores.

2. Evitar el fetichismo constitucional. Desde consagrados sociólogos socialistas hasta enérgicos dirigentes estudiantiles, en las últimas semanas hemos escuchado que la Constitución vigente es prácticamente culpable de todos los males que aquejan al sistema político chileno. Algunos han sostenido que casos como Penta y Dávalos no habrían ocurrido en el marco de otro andamiaje constitucional. En el mejor de los casos, estas expresiones reflejan exceso de entusiasmo. En el peor, falta de rigurosidad. ¿Contribuiría un nuevo gran acuerdo social a revertir o atenuar la crisis de legitimidad de algunas de nuestras instituciones? Quizás. Ojalá. Pero ningún texto constitucional hace germinar virtudes donde no las hay. Delitos tributarios y faltas a la probidad se cometen en todos los regímenes. Abusos de autoridad y tráfico de influencias no son exclusivos ni necesariamente propios del modelo neoliberal. Atacar a un hombre de paja es una táctica discursiva hábil, pero muy vulnerable cuando subimos el nivel del debate. Salvo que se descanse sobre una teoría excesivamente gruesa que vincule el fenómeno de la codicia al articulado constitucional sobre libertad económica –de esas tan gruesas que devienen en irrelevantes- nada sugiere que bajo un nuevo ordenamiento institucional estos casos no ocurrirían. De hecho, ha sido bajo el imperio de la maldita Constitución Pinochet/Lagos que estos delitos –porque ya son consideradas conductas ilegales- han sido perseguidos y están siendo sancionados. En resumen, es prudente no sobrecargar el proyecto constitucional con expectativas que no podrá cumplir, y es de una inocencia imperdonable vender la idea de AC como penicilina universal contra la corrupción.

3. Moderar la ansiedad. El escenario más desfavorable para quienes queremos una AC en el mediano plazo es que el gobierno de Michelle Bachelet cumpla su promesa y ofrezca a Chile un nuevo texto constitucional. Las razones son obvias: las condiciones objetivas para una AC desaparecen si el gobierno transmite la idea que el trabajo sustantivo ya está hecho. Por lo demás, sus protagonistas serían los mismos que han venido administrando la marcha del país desde hace décadas –aquellos que teóricamente son parte del problema y no de la solución. En consecuencia, al movimiento AC le conviene reducir la presión constitucional sobre el oficialismo y negociar sólo la reforma que permita plebiscitar la iniciativa, con miras a completar la tarea en un próximo período presidencial. Así se gana tiempo para seguir socializando la iniciativa, ampliando la base política de la convocatoria –que no puede seguir encapsulada en una elite de izquierda si pretende ser sustentable- y apostando a la organización de nuevos referentes políticos y ciudadanos que mañana enfrentarán este desafío con mayor poder político efectivo que el que ostentan actualmente. Simbólicamente, la AC tiene mejores perspectivas si se promueve como el acuerdo político-social de la generación post-dictadura.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/04/02/000429-asamblea-constituyente-una-critica-constructiva

GOBIERNO BOMBERO

marzo 29, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 29 de marzo de 2015)

Algunos meses atrás, la agenda estaba –al menos parcialmente- en manos del gobierno. Entre febrero y marzo, se le extravió completamente. Hoy pasamos de un incendio a otro, y La Moneda no tiene más opción que jugar a los bomberos: correr tras el fuego para evitar su propagación.

Hay dos tipos de incendios. Los políticos y los naturales. Entre los primeros estuvo el caso Dávalos y ahora el eventual involucramiento de parlamentarios de la Nueva Mayoría en la arista SQM que se abre como caja de Pandora para escalofrío oficialista. El gobierno habría intentado contener las llamas de este último siniestro echándole unas frazadas encima. Pero la voracidad de este incendio no permitió tal estrategia. Ahora habrá que enfrentarse a él a campo abierto y con el viento en contra.

Los segundos tipos de incendio son las catástrofes que azotan a nuestro atribulado territorio y sus habitantes: volcanes furiosos, bosques al rojo, sequías fatídicas, dramas telúricos. El peor de todos es el incendio de agua y lodo que destruyó ciudades y arrebató vidas humanas en el norte grande. El gobierno –Presidenta Bachelet incluida- se desplazó a la zona de catástrofe para gestionar la reacción en terreno. Un incendio imprevisible y cruel, con poco margen para culpar a las autoridades. Por eso la evaluación hay que hacerla sobre la reacción –y hasta cierto punto, también sobre el andamiaje institucional de figuras como la ONEMI.

Lo paradójico es que los incendios naturales son una oportunidad para aplacar la violencia de los incendios políticos. El ex presidente Piñera puede dar testimonio de aquello: su mejor año en el poder –en términos de aprobación ciudadana- fue una temporada de terribles incendios. Comenzó con el mega-terremoto del 27/F y cerró con el rescate de los mineros de las fauces de la mina San José. No hubo controversia política capaz de eclipsar ese trabajo bomberil. Hasta sus adversarios le dieron algo de tregua. Las parcas rojas fueron el sello de un gobierno de camisas arremangadas  en medio de los escombros. ¿Será capaz el equipo de Bachelet de transmitir la sensación de liderazgo y control que demanda la ciudadanía en este tipo de tragedias? Si lo logra, entonces la Presidenta puede encontrar la luz al final del túnel de su pobre aprobación. Si por el contrario, no logra combinar sus habilidades blandas de empatía y cercanía con la capacidad de actuar eficientemente sobre la emergencia, entonces el gobierno bombero se verá superado por todos los flancos posibles. Es de esperar, por el bien de los compatriotas que sufren este sarcasmo del destino –una inundación en el área más árida del planeta- que sea lo primero.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-03-29&NewsID=308732&BodyID=0&PaginaId=15

YA NO ES LO MISMO DE ANTES, PRESIDENTA

marzo 22, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de marzo de 2015)

Ya no es lo mismo de antes, Presidenta. Las cosas han cambiado. Se enrareció todo. Es cierto que se han hecho cosas buenas y el programa se va cumpliendo. Pero lo de su hijo contaminó el pozo. Y no nos gustó mucho como salió al paso. La idea es que usted sea la campeona de los valores que dice encarnar, no a media máquina sino con tutti. Algo en su aura se dañó. Su “capital simbólico”, como le llaman los politólogos. Su carisma personal ha caído en cierta agria intrascendencia. Antes, cuando la criticaban, era “femicidio político”. Ahora ya da un poco lo mismo. Todavía no es tan fácil como fue pegarle a Piñera, pero hace rato dejó de ser anatema. Siento como si estuviera emocionalmente desconectada de lo que está sintiendo la víscera del compatriota medio. Esa conexión era su mejor activo ¡Usted terminó con 80% puntos de aprobación en su primer mandato! Usted es un fenómeno. No me excedo si digo que usted es la figura política más interesante –y desconcertante- desde el retorno a la democracia. Y pensar que ahora anda a patadas con los 30 y tantos. Menos mal que Osvaldo Andrade es de su partido, de lo contrario estaría diciendo que Chile no se merece un Presidente con ese nivel de respaldo.

Yo sé que le pidieron que volviera. Que usted estaba bien instalada en Nueva York. Sin embargo sus socios no fueron capaces de hacer la pega solitos y corrieron a sus faldas. Ni tontos: para qué desgastar el mate si se tiene el ticket de la lotería. Entonces volvió a sacrificarse por los suyos, a ofrecer su nombre canonizado, a fusionar su espíritu con un programa bendito. Y ganó mirando pa’ atrás. Y le dio pega a todos. Esos mismos socios le armaron una comisión paralela a la que usted convocó para tratar el tema del financiamiento a las campañas. Malagradecidos. Rehúsese cuando le pidan la selfie para las municipales. Bueno, hay que arreglar el aspecto de las encuestas para le pidan primero.

Me pregunto ¿para qué los defiende tanto? ¿Será cierto eso que usted no quiere que se destape la olla del caso SQM? ¿Eso de que su gobierno tiene medio presionado al SII para que no apriete, porque si aprieta sale la misma inmundicia de las boletas falsas pero esta vez afectando a sus aliados? ¿Eso de que es mejor dejar la basura bajo la alfombra por “razones de estado”, porque la cosa podría ponerse peluda hasta bien arriba? ¿Eso de que es mejor dejar el asunto empatado entre Penta y Caval? ¿Me estaré poniendo paranoico, Presidenta? Quizás, pero le cuento que ahora cuando preguntamos quién podrá defendernos, nadie exclama su nombre sino el de Sabas Chahuán, la Heather Dunbar del House of Cards chilensis. Usted era la perfumada rosa roja que adornaba el lodazal en que terminó convertida la Concertación. Ahora está difícil saber quiénes son realmente los buenos y quiénes los malos. ¿Ve? Ya no es como antes.

Link: http://www.lun.com/Pages/NewsDetail.aspx?dt=2015-03-22&PaginaId=15&bodyid=0

UN MANUAL PARA SALIR DEL POZO, O LA DERECHA SEGÚN HUGO HERRERA

marzo 20, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 20 de marzo de 2015)

La-derecha-en-la-crisis-del-Bicentenario

Que la derecha chilena está en crisis no es una tesis nueva. No sólo no pudo extender su inquilinaje en La Moneda sino que perdió por goleada las últimas elecciones presidenciales y sufrió una significativa merma parlamentaria. Los escándalos estivales no han ayudado: el caso Penta ha sumergido a la UDI a niveles insospechados de impopularidad. Pero detrás de todo esto, dicen algunos, hay una crisis intelectual que tiene al sector en un estado de parálisis ideológico. Ese es el planteamiento que hace el filósofo Hugo Herrera -director del Instituto de Humanidades de la Universidad Diego Portales- en su reciente libro “La derecha en la Crisis del Bicentenario” (2014), que a continuación paso a reseñar.

La contribución de Herrera es interesante en al menos tres sentidos. En primer término, en la dimensión del diagnóstico. En segundo lugar, en la exploración de una posible salida del atolladero. Finalmente, en el análisis crítico de otras obras que autores vinculados al pensamiento de derecha han publicado en los últimos años.

El diagnóstico que hace Hugo Herrera es lapidario: la derecha estaría en una suerte de bancarrota intelectual producto de lo que denomina un “cambio de ciclo”. ¿Cómo sabemos que estamos frente a un cambio de ciclo? Constatando que el discurso político hegemónico de los últimos veinticinco años se trizó y dio espacio a fuertes cuestionamientos sociales. Mientras la izquierda fue relativamente capaz de adaptarse a las modificaciones culturales de la sociedad chilena y recomponerse en torno a un relato crítico del modelo de desarrollo, la derecha se quedó pasmada en la vereda del camino sin capacidad de articular una respuesta al nuevo escenario. Es decir, el problema fundamental estaría en la obsolescencia de su narrativa sumado a su sistemática superficialidad a la hora de reflexionar en torno a dicho desajuste. Hubo un tiempo, reconoce Herrera, en el cual bastaba con recitar el credo libremercadista, cantar las bondades del principio subsidiario y confiar en que el miedo hiciera el resto para mantener el orden. Pero esos tiempos se acabaron porque la situación se complejizó. Por eso, señala el autor, el aporte doctrinario de Jaime Guzmán debe ser entendido en su contexto;  cualquier intento de calcarlo estará destinado al fracaso. Herrera incluso cree que Guzmán no era un dogmático y se habría adaptado mejor a las circunstancias que varios de sus devotos discípulos que parecen haber quedado congelados en la década de los noventa. Puede que tenga razón: a fin de cuentas, las mejores mentes suelen ser flexibles. Pero después de Guzmán, piensa Herrera, poco se ha hecho para actualizar y vigorizar los principios de una derecha democrática y conectada con la realidad nacional. Por lo anterior no es sorpresivo que su lectura del gobierno de Sebastián Piñera sea crítica. En lugar de aprovechar la oportunidad para refundar ideológicamente al sector, la administración 2010-2014 habría profundizado sus carencias discursivas. Hoy la centroderecha chilena estaría dedicada básicamente a lo que el autor llama la “micropolítica” de la escaramuza, la consigna y una inoportuna combinación entre mutismo y ruido. Para peor, socialmente se ha parapetado en dos o tres comunas del sector Oriente, perdiendo su dirigencia contacto real con el drama cotidiano. Desde la perspectiva intelectual, remata Herrera, la derecha prácticamente dejó de participar seriamente en aquellas estructuras y tribunas donde se disputa el poder y la influencia social, desde las universidades a los sindicatos.

Todo esto es grave, según entiendo, no solo para la derecha. Chile entero pierde si la izquierda monopoliza los términos del debate, pues se esfuma la posibilidad de un progreso dialéctico y sustentable en el largo plazo. Es indesmentible que valores que históricamente ha defendido la derecha –como la idea de orden, de esfuerzo personal, de nación y de libertad- tienen eco en vastos grupos de la población. Pero esos valores no se promueven solos. Requieren de un “aparato conceptual suficientemente denso y sofisticado” para pasar a la ofensiva. La derecha contemporánea, piensa Herrera, no está en condiciones de organizar ni siquiera sus propios principios en forma robusta. Mucho menos de tener un discurso político de vanguardia, como alguna vez lo tuvo.

He aquí una primera pista, sugiere el autor, para salir del pozo. La derecha no siempre fue igual de autista en el ámbito de las humanidades. Tuvo mentes lúcidas que desde distintas tradiciones articularon algo parecido a un pensamiento de derecha, apto para competir en los foros más exigentes del debate público nacional. Hugo Herrera destaca muy especialmente los nombres de Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards y Mario Góngora, quienes acompañan a Jaime Guzmán en el panteón de notables de la derecha chilena del siglo XX. Aquí habría que buscar para empezar la reconstrucción del tejido ideológico perdido. La idea de Herrera no es replicar planteamientos de otra época, sino desenterrar la diversidad de tradiciones intelectuales de la derecha criolla.

En este punto me quiero concentrar. Mientras el senador Andrés Allamand promueve la idea de un partido político único de centroderecha, Herrera propone echar a andar en la dirección opuesta. En lugar de intentar homogeneizar las distintas corrientes existentes en una sola plataforma, el autor sostiene que ésta es la hora de olvidarse de la ingeniería electoral para dejar que las fuerzas centrífugas se expresen. En otras palabras, que teniendo a la vista la necesidad imperiosa de madurar un discurso versátil, denso y complejo, es preferible la fragmentación pluralista antes que la unidad monoparlante. Herrera identifica cuatro grandes tradiciones discursivas de la derecha chilena que resultan de la combinación de dos ejes: uno, liberal / no-liberal; el otro, cristiano / laico. Así, la primera opción es friedmaniana en lo económico y conservadora en materias morales. O sea, algo parecido a lo que abunda en el gremialismo y en parte de RN. La segunda alternativa no es liberal sino socialcristiana y eventualmente comunitarista, la que Herrera identifica históricamente en la Falange y actualmente en grupos nuevos como como Solidaridad en la UC. La tercera tradición es liberal y laica, que según el autor está representada desde hace poco por Amplitud pero encuentra sus raíces en el Partido Liberal y alguna vez también estuvo presente en RN. Finalmente encontramos la doctrina laica y nacional-popular que comienza en el Ibañismo, se extiende al agrario-laborismo, se funde en el Partido Nacional y tiene sus huellas digitales en la fundación de RN.

En concreto, la propuesta de Hugo Herrera es reactivar estas tradiciones para iniciar a continuación un ejercicio intelectual donde los extremos se vayan atenuando por el efecto del diálogo. Así, por ejemplo, los grupos socialcristianos tendrían que aceptar la imposibilidad de imponer criterios morales en un contexto de pluralismo religioso, del mismo modo que los amantes del laissez faire se verían en la obligación política de aceptar la ampliación del ámbito de atribuciones económicas y regulatorias del estado. Según el autor, es especialmente la tradición liberal –tanto en su versión cristiana como laica- la que podría verse beneficiada si absorbe influencias del discurso socialcristiano y nacional-popular. Se desprende del texto un cuestionamiento a los discursos excesivamente individualistas que pierden de vista la dimensión social y colectiva de los procesos políticos. Sería una exageración presentar a Hugo Herrera como un capitalista autoflagelante, pero es evidente que comparte una idea que ya ha sido expuesta por Daniel Mansuy y otros académicos en la órbita de la derecha: la política debe gobernar al mercado, poniéndole las riendas que sean necesarias para alcanzar los objetivos democráticos trazados. En su visión, la narrativa Chicago Boys auspiciada por la dictadura se excedió –consciente o inconscientemente- al confundir el éxito material atomizador con la realización plena del espíritu humano. Quizás por lo mismo Herrera le pide a la derecha volver a mirar a Góngora y su idea aromáticamente aristotélica de la sociedad política como cuerpo orgánico. También por lo anterior, Herrera rechaza de plano la sugerencia que la derecha es una mera asociación oligárquica de intereses económicos –como llegó a sugerir Carlos Peña a propósito de los vínculos entre la UDI y el grupo Penta. Históricamente, insiste Herrera, la derecha ha tenido un relato eminentemente político, que si bien ha sido neutralizado circunstancialmente en las últimas décadas, está latente en el resto de las tradiciones discursivas mencionadas.

La paradoja es que, para que la propuesta de Herrera vea la luz, es menester no hacer nada por un tiempo. Literalmente, el filósofo presenta la táctica de no-actividad como alternativa a la premura irreflexiva de los políticos profesionales. La razón es sencilla: estas cuatro tradiciones necesitan de aire para volver a crecer autónomamente antes de ser forzadas por las circunstancias a difuminarse y transigir. Sólo entonces, sostiene Herrera, tendrá la derecha una caja de herramientas discursivas lo suficientemente plural y compleja para estar a la altura del desafío del futuro. La intelectual no es la única tarea a acometer, por cierto. El autor también demanda un esfuerzo paralelo por reconectarse con la experiencia diaria de la realidad nacional.

“La derecha en la Crisis del Bicentenario” cierra con un nutrido apéndice donde Herrera pasa revista a “La fatal ignorancia” (2009) de Axel Káiser, “Gobernar con principios” (2012) de Francisco Javier Urbina y Pablo Ortúzar, “El malestar de Chile” (2012) de Marcel Oppliger y Eugenio Guzmán, “Chile camino al desarrollo” (2012) del ex ministro Cristián Larroulet, “El regreso del modelo” de Luis Larraín, “Con la fuerza de la libertad” (2013) de Jovino Novoa, y “Virar derecha” (2014) del ex diputado Gonzalo Arenas. Herrera concluye que la vertiente liberal (ya sea laica o cristiana) está sobrerrepresentada, dándole soporte a su intuición: se echa de menos tanto la rama socialcristiana como la nacional-popular, que ninguna de las obras precedentes parece encarnar.

En síntesis, el libro de Hugo Herrera constituye una lectura instructiva y estimulante para los estudiosos de la política chilena y especialmente provocativa para quienes, desde la derecha, están dispuestos a reflexionar sobre las carencias de su sector en lugar de lanzarse al cuadrilátero de los eslóganes baratos.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/03/20/000315-un-manual-para-salir-del-pozo


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