LA DESCOMPENSACIÓN DE LA UDI

junio 23, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 23 de junio de 2015)

Un líder histórico (Novoa), un aguerrido parlamentario (Moreira), un ex alcalde estrella (Zalaquett), una joven promesa (De Mussy). De chincol a jote, cuatro militantes de la UDI sintieron ayer el peso de la ley en su visita a tribunales. Como para que no queden dudas que la crisis del gremialismo toca todas sus terminaciones nerviosas. Ya no hay Jovinistas vs Longueiristas, ni Viejos Cracks vs Generación de Recambio. La postal de los formalizados por delito tributario en el marco del caso Penta los incluye a todos en la foto.

Probablemente el caso de Jovino Novoa sea el más dramático para su partido. Hace un tiempo, nadie habría imaginado que el coronel más poderoso de la derecha chilena podría caer por un puñado de boletas falsas. Sin embargo, tal como ocurrió con los controladores de Penta, la justicia no miró rango ni concedió privilegios. El juicio recién comienza, pero la imagen de Jovino en el banquillo de los acusados configura por sí sola una pesadilla para la UDI.

Su repentina descompensación trae a la mente otra imagen igualmente turbadora para la memoria de su gente: la de Pablo Longueira, el otro líder histórico, tirando la toalla en la carrera presidencial por un cuadro de depresión severa. Abatidos por la fragilidad de su salud, dos pilares de acero en la trayectoria del gremialismo se desploman junto al poder que durante tanto tiempo amasaron. Para la UDI, el escenario no puede ser peor: ha sido el partido más golpeado por las revelaciones de financiamiento irregular, la opinión pública les bajó el pulgar, fundió a toda su generación dorada y prácticamente no le queda más alternativa que regalarse a los brazos de Sebastián Piñera si quiere tener candidato presidencial.  

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¿ES UNA LESERA PREGUNTAR CUÁNDO TENDREMOS NUEVO MINISTRO?

junio 22, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 22 de junio de 2015)

No le gustó nada a la Presidenta Bachelet que le preguntaran por la demora en el nombramiento de su nuevo Ministro Secretario General de la Presidencia. Recurriendo a la clásica lógica del “palos porque bogas, palos porque no”, la Jefa de Estado se quejó que cuando hacía designaciones rápidas la acusaban de improvisación, del mismo modo que la critican ahora por tomarse un buen tiempo antes de nombrar al sucesor de Jorge Insunza. En un arranque de chilenidad, les pidió a los periodistas que “terminaran con la lesera”.

¿Es realmente una lesera de la prensa esta fijación por los cargos vacantes? No parece serlo. La Presidenta bien recuerda que la cartera en cuestión no está acéfala, toda vez que hay una ministra subrogante –Patricia Silva (PS)- en funciones. Pero todos sabemos que se trata de un puesto clave que necesita un titular que reactive la agenda legislativa del gobierno con propiedad y peso específico. Para bien o para mal, esa la lógica de los cargos del comité político. Por lo demás, bajo las reglas del nunca bien ponderado cuoteo, es un ministerio que le correspondería al PPD. El problema es que está costando mucho dar con el nombre indicado al interior de ese mundo. Como están las cosas, cualquier yayita se vuelve una bola de nieve. Y no hay margen para caerse de nuevo.

En cualquier caso, la vacancia titular en la Secretaría General de la Presidencia se suma a otros puestos relevantes del aparato de gobierno que aún resta por llenar. Es el caso del sucesor de Ramiro Mendoza en la Contraloría General de la República, del continuador de Michel Jorrat en el Servicio de Impuestos Internos, o del reemplazante del flamante ministro Marcelo Díaz como embajador en Argentina. El patrón configura un cuadro doblemente delicado: por un lado, podría verse afectado el cumplimiento efectivo de las labores públicas; por el otro, transmite la sensación que el gobierno no cuenta con los recursos humanos suficientes para sacar adelante la tarea.

Cuando Sebastián Piñera asumió como Presidente, pasaron varios meses y todavía quedaban cargos sin dueños. La oposición de entonces le sacó en cara su dificultad para cubrir las distintas bases de la administración del estado. Se teorizó que el problema de los cuadros de derecha era que no estaban dispuestos a abandonar el sector privado. El rompecabezas de Bachelet es distinto: le deberían sobrar los voluntarios. Sin embargo, en lo que respecta a los puestos de exclusiva confianza presidencial, parece que el entusiasmo por ponerse la camiseta oficialista ha menguado junto con las cifras de aprobación popular. La otra alternativa es que haya candidatos ganosos, pero ninguno lo suficientemente bueno. Lo que es básicamente un reconocimiento del mismo problema de escasez política. Eso no fatal, pero tampoco es una lesera.

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DE CÓMO VIDAL DIVIDIÓ A CHILE

junio 18, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 18 de junio de 2015)

Como si se tratase de la más feroz discusión política, la pregunta de qué hacer con Arturo Vidal después de su incidente automovilístico en estado de ebriedad dividió casi en dos mitades a la población chilena. Por un lado estaban los que abogaban por un castigo ejemplarizador para el crack de la selección, que básicamente se traducía en su marginación del plantel que disputa la Copa América. Por el otro lado estaban los que abogaban por un perdonazo del DT Sampaoli para que el Rey Arturo pueda continuar alimentando el sueño de levantar el trofeo continental en casa.

Para los primeros, el caso Vidal despertó todos los fantasmas de indisciplinas pasadas, episodios que tanto daño le han hecho al fútbol chileno. El jugador de la Juventus no sólo se fue copas sino que manejó su Ferrari a alta velocidad en carretera, causando un accidente que bien pudo lamentar víctimas fatales. De ahí la indignación del ciudadano que lo increpó en plena conferencia de prensa: con la vida de las personas no se juega. Vidal no sólo faltó a su compromiso deportivo, traicionando la confianza de compañeros y cuerpo técnico, sino que además cometió un delito que supera con largueza la calificación de “error”. Por lo demás, uno podría preguntarse cuántas ganas tiene de ganar la Copa América un jugador que se emborracha dos días antes de un partido crucial en vez de, por ejemplo, estar viendo el partido que juegan sus potenciales rivales a la misma hora.

Los segundos, en cambio, señalaron que el profesionalismo de Vidal no puede ser puesto en entredicho por una situación extra-futbolística. Que no olvidemos que se trata del mismo Vidal que jugó con las rodillas recién operadas para defender a la Roja en el último Mundial. Que si bien es evidente que metió las patas, Celia Punk no merece ser sancionado más allá de la órbita penal. A fin de cuentas, es injusto pedirles a los jugadores que además sean ejemplos para los niños. Lo único que se les pide es que rindan dentro de la cancha y eso Vidal lo hace de sobra. Mal que mal es el goleador provisional del certamen. Varios agregaron que sin el “8” nacional las posibilidades chilenas se reducían considerablemente.

Los primeros dijeron que los segundos estaban pensando en la conveniencia antes que en los principios. Que si el jugador afectado hubiese sido un suplente, posiblemente ya estaría desterrado de Pinto Durán. Que hay doble estándar en el discurso de criticar a los políticos y los empresarios pero implorar vista gorda cuando se trata de salvar el pellejo de un ídolo pelotero. Los segundos no demoraron en tachar a los primeros de puritanos y moralistas. Que las eventuales sanciones bien pueden esperar hasta después de la Copa. Que los goles que convertirá en los próximos partidos los vamos a celebrar todos por igual. Que Sampaoli hizo lo correcto al acoger –en lugar de excluir- al héroe caído.

Chile tiene un nuevo clivaje. ¿A cuál bando pertenece usted?

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EL HARVEY DENT CHILENO

junio 14, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 14 de junio de 2015)

Un escalofrío recorrió las redes sociales cuando esta semana se rumoreó que el fiscal Carlos Gajardo era –una vez más- alejado de la investigación de un caso de eventual corrupción política, lo que incluso habría gatillado su renuncia al Ministerio Público. Duró sólo unas horas: al rato se confirmó que Gajardo se unía al equipo del fiscal nacional Sabas Chahuán en la indagatoria del capítulo Corpesca, donde –una vez más- ciertos honorables habrían recibido dineros potencialmente irregulares. Pero mientras duró, cientos de voces acusaron manos negras y presiones indebidas. ¿Por qué esa devoción por la figura del fiscal Gajardo?

Simple: parte importante de la ciudadanía cree que Gajardo es de los pocos que quedan del lado de los buenos. Un adalid de la justicia, que detrás de un escritorio persigue a los delincuentes de cuello y corbata, aquellos que Chile no se banca ni un minuto más. En el Santiago de la segunda Bachelet, es la G de Gajardo la que se ilumina en el cielo cuando se trata de lidiar con la corruptela que está pulverizando las confianzas públicas.

¿Qué pasó con Camila Vallejo o Iván Fuentes, héroes de tiempos piñeristas? Entraron al Congreso y automáticamente perdieron el brillo subversivo ante los ojos de la población apolítica. Ya no se puede contar con ellos para denunciar a los políticos corruptos porque –en una narrativa tan babosa como imprecisa- se han vendido al sistema. Esa es la situación: difícil que alguien que provenga del mundo de la política institucional se gane la admiración del ciudadano promedio.

En todo caso, al igual que Vallejo o Fuentes, Gajardo también tiene chapa institucional. No es un llanero solitario sino un funcionario público. Como el Harvey Dent de Ciudad Gótica, Gajardo es un superhéroe a rostro descubierto. Es casi una característica nacional aquella que buscar las soluciones dentro de los canales institucionales. No somos dados al romanticismo de revolucionarios verde oliva, sino al austero azul marino del empleado del mes.

Es probable que Gajardo sea un dolor de cabeza para sus superiores. A fin de cuentas, es difícil no creerse figura en estas circunstancias. Dicen que le han tratado de hacer la cama –en especial su jefe directo, el fiscal regional Oriente Sergio Ayala. Dicen que lo han reconvenido a moderar al sabueso interior, para que entienda que hay asuntos de estado en juego que superan la comprensión del fiscal de turno. No sabemos si estas historias son ciertas, pero ayudan a incrementar el mito del quijote moderno que busca echar abajo a los molinos del poder.

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LA REPÚBLICA DEL DOLOR

junio 12, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 12 de junio de 2015)

Al regresar de sus vacaciones en el lago Caburga, la Presidenta Bachelet debió hacer frente al vendaval de críticas surgidas a partir del caso Caval, las que afectaban directamente a su primogénito Sebastián Dávalos. “Para mí como madre y Presidenta han sido momentos dolorosos”, dijo en la ocasión. Un par de meses más tarde, cuando el caso del financiamiento irregular de la política se filtró en su gabinete y la Presidenta se vio obligada por las circunstancias a prescindir de los servicios de su más leal y antiguo colaborador Rodrigo Peñailillo, reiteró que aquella “fue una dolorosa decisión”. Casi inmediatamente después, cuando el rumor de que su propia precampaña pudo haber sido financiada con este mecanismo de boleteo trucho, Bachelet admitió que sería “doloroso” enterarse que dichos dineros provenían de SQM. “Me duele que la gente no me crea” agregó en una reciente entrevista en Capital. Las citas son todas textuales. Y transmiten una sola percepción: a la presidenta le está doliendo gobernar.

Se supone que no hay puesto más codiciado que el sillón de O’Higgins. Pero eso no significa que sea un parque de diversiones. Recordando aquella muletilla de Arturo Alessandri Palma, La Moneda es la “casa donde tanto se sufre”. A Sebastián Piñera no se le notaba tanto. Por cierto que le afectaba la baja aprobación –a fin de cuentas, su sueño era ser querido por los chilenos- pero nunca fue un mandatario mortificado. Gozaba como niño con cada centímetro de sus prerrogativas. Quizás porque toda su vida quiso ser Presidente. De ahí que confesara que sería candidato todas las veces que fuesen necesarias.

El caso de Michelle Bachelet siempre fue distinto. Como rezaba su franja de campaña en 2005, se encontró en una expectante posición “sin pedirlo ni buscarlo”. Los jerarcas de la entonces Concertación nunca fueron fanáticos de la idea, pero tuvieron que inclinarse ante su inaudita popularidad. Algo parecido ocurrió esta vez: aunque hay versiones encontradas respecto de si Bachelet era feliz en Nueva York, lo cierto que podría haber continuado en sus labores al mando de ONU-Mujeres. Una tarea estimulante pero serena. Mil veces menos ingrata que la de regresar a Chile a gobernar el galopante mar de expectativas. A la Presidenta le pidieron que volviera porque en su ausencia la Concertación fue rematadamente porra. Le entregó el protagonismo a la calle, la que terminó elevando a sus propias figuras místicas –Camila Vallejo, Giorgio Jackson, Iván Fuentes- e imponiendo un libreto que sería automáticamente convertido en programa presidencial. Para Bachelet no resultó una mala idea: el terreno parecía políticamente abonado para las reformas prometidas y faltaba el puro empujoncito que sólo sería capaz de proporcionar su capital simbólico personal.

A veces pareciera –haciendo exégesis de sus últimas declaraciones- que ella hubiera preferido no volver. Dijo que estuvo esperando que su coalición renovara sus liderazgos internos para no verse en la obligación de retomar la posta. Quizás era esa su intención. Pero no fue muy inteligente al respecto: bastaba con decir “no estoy disponible” para forzar el tiraje a la chimenea. No lo hizo en su primer gobierno y no lo hizo desde EEUU. Es decir, se puso ella misma en una situación de imprescindibilidad. Cuando empezó la procesión, la santa ya no podía decir que no. Redentora, voló a la patria para reinstalar en el poder a sus viejos compañeros.

Porque Bachelet es una militante con un alto sentido de la responsabilidad. Siempre tuvo en cuenta que de ella dependía que miles de cuadros recuperaran sus puestos en el aparato del estado. La suya nunca ha sido una causa egoísta. Bachelet se debe al proyecto colectivo en el que cree. En lo personal, quizás le gustaría estar en otra parte. Pero está atrapada en La Moneda -sin su equipo original de colaboradores y con la aprobación más baja que ha tenido desde 2006- comunicándonos de todas las formas posibles su desdicha. Evidentemente, no se le pasa por la cabeza renunciar. A estas alturas, el dolor viene con el cargo y el cargo se desempeña hasta el último día. Aunque es posible que, secretamente, la Presidenta no vea la hora de que todo esto se termine.

Ya no es la república del silencio, con esa Bachelet que vivía en la torre de marfil alejada del mundanal ruido de la política contingente. Ahora es la república del dolor, donde la Presidenta no pierde oportunidad de recordarnos que se siente atribulada por las injustas circunstancias. Atrás han quedado los tiempos del “paso”. Ahora estamos en la era de los  “me duele”. Como si de alguna manera quisiera reestablecer el vínculo emotivo que tenía con su pueblo, que por estos días le da la espalda. Fue un lazo que se probó indestructible, tejido en los atributos de credibilidad y cercanía. Ese lazo se gastó. De ahí la necesidad de construir uno nuevo sobre la compasión. Nuestro sentido moral se rebela ante la perspectiva de golpear a los caídos, por lo que Bachelet nos dice en todos los tonos que está sufriendo para que detengamos el bullying.

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SIN PAN NI PEDAZO

junio 8, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 8 de junio de 2015)

Duró pocazo Jorge Insunza como Ministro Secretario General de la Presidencia. No alcanzó a completar un mes. Pero hizo lo correcto. Para un gobierno que necesita desesperadamente retomar el control de la agenda y recuperar credibilidad en la lucha contra la corrupción, su permanencia era problemática y contraproducente. En retrospectiva, resultó ser una mala jugada la de Insunza: para asumir en el gabinete tuvo que dejar su escaño como diputado. Es improbable que el PPD piense en devolvérselo ahora.

Insunza fue más ágil que Peñailillo en mostrar que los informes -a cambio de los cuales recibió dineros de ciertas empresas mineras- se hicieron. Pero en su caso el problema fue otro. Aunque sus boletas no hayan sido “ideológicamente falsas”, queda la duda de si acaso su deber legislativo –especialmente en su calidad de presidente de la Comisión de Minería de la Cámara Baja- pudo verse influido por dichos pagos. Técnicamente, no habría ilegalidad. Políticamente, el asunto es más complejo. Una sospecha de potencial cohecho es sencillamente inhabilitante si se trata de conducir los proyectos del gobierno en materia de probidad.

La comisión Engel ya lo había recomendado: el trabajo de diputados y senadores debe tener dedicación exclusiva. Una de las razones por las cuales les pagamos el sueldo que les pagamos es justamente para disuadirlos de recurrir a fuentes adicionales de ingreso. Este caso demuestra que siempre se querrá ganar un poco más y la única vía es extender el ámbito de las incompatibilidades parlamentarias. De hecho, no sabemos cuántos de los actuales honorables pueden estar en la misma situación, asesorando empresas y recibiendo una remuneración extra por ello.

Insunza se fue tirando la pelota a la cancha de la derecha. Sugirió incluso que era víctima de aquellos que querían un acuerdo exculpatorio transversal. Tiene razón en un punto: las responsabilidades políticas las han pagado los ministros de Bachelet. Pero pocos se han sometido al mismo estándar de intachabilidad en la UDI, por ejemplo. Sin ir más lejos, el caso del senador gremialista Jaime Orpis es parecido al del ministro saliente: ¿Cómo asegurarnos que los millones que pagaron las pesqueras respectivas no influenciaron su voto en la Ley de Pesca?

Se cierra así otro capítulo amargo de la administración de la Nueva Mayoría. Jorge Insunza se quedó sin escaño ni ministerio. La Presidenta perdió un miembro de su equipo político. Y se confirma que La Moneda todavía no ha aprendido a realizar chequeos rigurosos y exhaustivos antes de nominar en cargos claves.

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CUENTAKILÓMETROS EN CERO

junio 7, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 7 de junio de 2015)

Después de varios años –si no lustros- sacándole el poto a la jeringa, el Congreso Nacional finalmente se apresta a legislar para limitar la reelección indefinida de sus miembros. La cosa quedaría así: máximo tres períodos (de cuatro años cada uno) para diputados y dos períodos (de ocho años cada uno) para senadores. Dos aspectos del proyecto son especialmente controversiales. Primero, que una vez cumplido el máximo de períodos representando un mismo distrito o circunscripción, los congresistas podrían probar suerte en uno distinto. Segundo, que la norma no tendría efecto retroactivo. Es decir, los honorables que llegaron a Valparaíso hace 25 años empiezan de cero: la próxima elección parlamentaria de 2017 se contaría como su primera reelección. Lo primero tiene algo de sentido. Lo segundo muy poco.

La razón principal para apoyar una medida de esta naturaleza es incentivar la renovación de las elites políticas. En la actualidad, el desafío se hace muy difícil para las caras nuevas porque los incumbentes han tejido una densa red de compromisos y lealtades en sus territorios. Muchos de ellos son auténticos caciques locales con bases clientelares. El proyecto se contenta con privarlos de esa ventaja y no les prohíbe seguir ejerciendo labores parlamentarias en representación de otros electorados. Una prohibición absoluta constituiría una restricción demasiado drástica a sus derechos políticos. Por lo demás, un congresista en su último período que quiere continuar su carrera política tiene un buen incentivo para no dejar botado su trabajo: querrá mostrar en el nuevo distrito todo lo bueno que hizo en el anterior.

Lo otro -hacer como si los veteranos que han echado raíces en sus asientos estuvieran recién en su primer período- es una burla al espíritu de la norma. Diputados que llegaron en 1990 como Patricio Melero, Sergio Aguiló, Sergio Ojeda, Jorge Ulloa, José Miguel Ortiz o Rene García se beneficiarían de un lifting legal que los dejaría sopladitos para seguir en el Congreso hasta 2026. Otros que llegaron en la misma época como juveniles diputados y ahora son orondos senadores –como Juan Antonio Coloma, Alberto Espina, José García, Antonio Horvath, Juan Pablo Letelier, Jaime Orpis, Victor Pérez, Jorge Pizarro y Baldo Prokurica- podrían extender su contrato en la Cámara Alta por veinte años más.

Por supuesto, no es nada fácil pedirles a los propios congresistas que legislen contra su propia estabilidad laboral. Algunos no se ven a sí mismos haciendo cosa y entienden la labor parlamentaria como su proyecto profesional. Pero justamente la idea es darle tiraje a la chimenea ahora para evitar convertirnos en una gerontocracia. Hay varios parlamentarios de la nueva camada que están dando la pelea para que no nos metan el dedo en la boca. Hay que apoyarlos para que quienes ya cumplieron sus 12 años como diputados o sus 16 como senadores no puedan reelegirse –al menos en el mismo escaño- en 2017.

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IMAGINANDO LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE

mayo 31, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en Las Últimas Noticias del 31 de mayo de 2015)

Existe cierto acuerdo en nuestro país respecto de la necesidad de elaborar una nueva constitución cuyo origen sea plenamente democrático. Existe menos acuerdo respecto de cómo llevar a cabo la tarea constituyente. Mientras unos proponen que el encargado sea el Congreso Nacional –ya sea éste o el siguiente- otros creen que la mejor alternativa es convocar una asamblea o convención constituyente (AC). La primera opción no necesita mayor explicación. Respecto de la segunda, sin embargo, todo es un misterio. Nadie sabe cómo funcionaría una AC. Pero que estas preguntas no tengan todavía una respuesta no significa que no puedan tenerla. Hagamos un ejercicio de política ficción e imaginemos cómo podría nacer y operar una AC.

Para partir, el Congreso debe darle a la Presidenta las herramientas –dentro de la legislación vigente- para llamar a un plebiscito que consulte acerca del mecanismo preferido para elaborar la nueva constitución. Lo ideal sería hacer coincidir ese plebiscito con las municipales 2016 o bien con las elecciones generales de 2017. En el evento que la ciudadanía opte por el camino AC, el Ejecutivo en conjunto con el Congreso –ojalá el próximo, para que la mayoría de sus integrantes hayan sido electos con el sistema electoral que reemplazó al binominal- tendrán que redactar las reglas del juego bajo las cuales se escogen los delegados que tendrán la crucial misión de pensar, deliberar, negociar y acordar el contenido de la Carta Fundamental.

A diferencia del Congreso, la AC es una institución que nace con un mandato específico y se disuelve al concluirlo. Sus integrantes no podrán senadores, diputados o altas autoridades de gobierno en ejercicio. Para reforzar la transparencia, sobre ellos debe pesar la inhabilidad de postularse a las elecciones siguientes. La manera de escogerlos también será inédita: mi propuesta es que los candidatos a delegados se presenten en listas patrocinadas por coaliciones, partidos existentes, partidos en formación, movimientos políticos e incluso sociales que cumplan ciertos requisitos mínimos. El sistema electoral debe ser altamente proporcional, de manera que se vean representadas las diversas corrientes del paisaje ideológico chileno. Al mismo tiempo, las unidades electorales deben ser territorialmente extensas: no estamos escogiendo caudillos locales sino voces capaces de articular visiones nacionales. Por lo mismo, sería interesante que las listas fuesen cerradas: en lugar de votar por un postulante en base a sus atributos individuales, se invita a la ciudadanía a votar por una lista que represente ciertas ideas políticas. Respecto de la extensión, estamos hablando de aproximadamente doscientos delegados (incluidas ciertas cuotas para minorías), los que podrían ser escogidos en comicios excepcionalmente obligatorios a fines de 2018. Su trabajo no debería extenderse más allá de 12 meses.

Finalmente, el texto acordado debiese ser sometido a referéndum ratificatorio. Esto significa que en 2020 ya podríamos contar con una nueva constitución plenamente legitimada a través de una serie de mecanismos democráticos e institucionales. Soñar no cuesta nada.

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¿QUIÉN QUIERE A ANDRÉS VELASCO?

mayo 30, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en revista Capital del 29 de mayo de 2015)

El regreso del ex ministro de hacienda y precandidato presidencial Andrés Velasco a la contingencia estuvo cargado de polémica. Era que no: acusó al bacheletismo de haberse “comprado toda demanda de cuanto grupo de presión se cruzó en su camino”; dijo que la gestión de La Moneda se parecía a un “no-gobierno” pues abdicaba del crucial deber de liderar; cuestionó el fundamento técnico de las reformas, así como su recurrente improvisación; se lanzó a la yugular del proyecto emblemático de educación universitaria gratuita, de la reforma laboral en camino e incluso de las expectativas de recaudación de la tributaria; finalmente, señaló que el anuncio presidencial de un proceso constituyente marcaba un “récord de liviandad en la política nacional”. En resumen, conminó al oficialismo a abandonar el programa si no querían convertirse en un riesgoso columpio populista que no merece ser calificado de “centro-izquierda”.

Desde la Nueva Mayoría le dispararon duro. Algunos señalaron que Velasco no tenía autoridad moral para opinar de la coyuntura toda vez que no ha aclarado su situación en el escándalo del financiamiento irregular que ha azotado a moros y cristianos. Otros prefirieron hacerse cargo del contenido político de sus palabras y lo felicitaron por salir del clóset: Velasco sería un confeso derechista. El presidente del PPD, Jaime Quintana, fue un paso más allá: dijo que Velasco se situaba a la derecha de Andrés Allamand y que su motivación era ser aceptado en las primarias de la Alianza. El diputado Osvaldo Andrade (PS) dijo que la derecha ya tenía 3 candidatos: Velasco, Allamand y Ossandón. El senador Ignacio Walker (DC) escribió que su amigo Andrés había adoptado el “lenguaje de la derecha” en el debate tributario, educacional, laboral y constitucional. Aprovechó de recordarle que se trataba de una posición “legítima pero incoherente”, pues como precandidato perdedor en las primarias de la Nueva Mayoría su deber de lealtad política está con el gobierno, como lo han padecido casi sacrificialmente los democratacristianos.

¿Qué dijo la derecha? No lo recibieron con los brazos abiertos. El presidente de RN, diputado Cristián Monckeberg, dijo que “sobre su cadáver” iba a permitir que “personas que vienen de otros sectores intenten representar al nuestro”. Agregó que Velasco tenía un “marcado sello de izquierda, aunque hoy día no está muy claro hacia dónde va”. El senador Andrés Allamand se salió del libreto partidario y le ofreció a Velasco una suerte de pacto amplio para derrotar a la izquierda en las próximas presidenciales, lo que a su vez fue interpretado por Monckeberg como una “indisciplina”.

¿Quién quiere entonces a Andrés Velasco? A estas alturas parece claro que su domicilio coyuntural está en la oposición. No solo cree que las ideas del gobierno están siendo mal ejecutadas –ese juicio lo pueden compartir varios al interior de la NM- sino que son malas ideas y punto. Después de la encerrona que (siente) le hicieron desde La Moneda, también se ha desvanecido la afectio societatis que mantiene unidos a los grupos humanos. No hay duda: Andrés Velasco está fuera de los contornos ideológico-afectivos de la coalición de gobierno.

Pero ser oposición no significa automáticamente ser de derecha. El Partido Comunista fue oposición a la Concertación durante veinte años. En rigor, partidos como el Marco Enríquez y movimientos como el de Gabriel Boric también están fuera del oficialismo y plantean muchas de sus batallas desde una posición antagónica. Lo que ocurre es que los dirigentes de la NM tienen problemas para interpretar el espectro político como un cuadro complejo. La herencia del plebiscito de 1988 todavía pesa como clivaje cultural: o eres del NO, o eres del SÍ. No hay posiciones intermedias. En su estructura mental duopólica, al abandonarlos a ellos, Velasco “se fue a la derecha”.

Por cierto, se podría argumentar que las posiciones ideológicas expresadas por Andrés Velasco corresponden a lo que se entiende políticamente por derecha –aunque él insista en declararse de centroizquierda. Pero la derecha chilena está bastante más a la derecha de Andrés Velasco. En prácticamente ninguno de los debates mencionados la Alianza tiene posturas más progresistas. Coincidencias existen en las materias económico-sociales, pero hay un océano de diferencia en las cuestiones valórico-morales. Velasco tiene una fibra liberal que bajo otras condiciones históricas podría caber en un proyecto amplio de centroderecha. Pero en ningún modo bajo las actuales. La derecha chilena ha renunciado a interpretar a ese mundo. La reacción de Monckeberg retrata esa vocación de minoría. Por eso la respuesta de Velasco vía Twitter es sincera: “NO tajante a coaliciones con sectores conservadores. La tarea es fortalecer el centro político”.

Es evidente que su carrera política quedó dañada tras las esquirlas del caso Penta. Una explicación verosímil y satisfactoria aún no ha llegado. Pero también es claro que una porción importante de la ciudadanía comulga con las ideas de Andrés Velasco: las de un liberalismo igualitario, democrático y pluralista, con énfasis en el crecimiento económico y serio en el manejo de las platas públicas, esencialmente anti-populista y semi-tecnocrático. Si eso es la derecha, entonces habría que alegrarse de tener una derecha tan civilizada. No creo que sea el caso. No todavía.

Link: http://www.capital.cl/opinion/2015/05/29/000532-quien-quiere-a-andres-velasco

BACHELET, LA ANSIEDAD CONSTITUYENTE Y EL CATECISMO DE LOS PATRIOTAS

mayo 27, 2015

por Cristóbal Bellolio (publicada en El Mostrador del 27 de mayo de 2015)

En el reciente mensaje del 21 de mayo, la Presidenta Michelle Bachelet invocó el espíritu de los padres de patria para fundar su posición en torno a la cuestión constituyente. Citando al fraile Camilo Henríquez, recordó que los pueblos tienen el derecho de revisar su herencia constitucional, pues “una generación no puede sujetar irrevocablemente a sus leyes a las generaciones futuras”. Es una idea que ya había esbozado Kant para caracterizar la Ilustración e incluso Jefferson para explicar que las constituciones debían tener una vigencia limitada pues operaban como las deudas (no se puede obligar a los hijos a pagar las de los padres).

De acuerdo a esto, las generaciones que van entrando a la discusión pública se reservan el derecho de preguntarse si acaso un nuevo momento constitucional es pertinente o recomendable. Cuando la respuesta es negativa, se acepta la herencia y se ratifica la ley fundamental, la que se entiende para todos los efectos como propia. Es lo que ocurre en la mayoría de los casos. Sin embargo, a veces la respuesta es positiva porque las nuevas generaciones rechazan –total o parcialmente- el legado político-constitucional de sus antecesores. Cuando el repudio es total, procede no sólo un momento constitucional sino constituyente. Ese pareciera ser el escenario en el que nos encontramos. El debate acerca de la necesidad de un nuevo texto constitucional está más o menos zanjado (con la previsible resistencia de la UDI, por cierto). En cambio, la pregunta acerca de cómo redactar la nueva constitución sigue estando abierta y en ese campo cabe una razonable diversidad de legítimas opiniones.

El punto de esta columna es sencillo: si Bachelet quiere ser realmente fiel al espíritu de las palabras de Camilo Henríquez, debe sacudirse la ansiedad constituyente de la Nueva Mayoría. Es una paradoja, pues la Presidenta ganó con un programa que prometía nueva constitución. Sin embargo, apurarse en redactar un nuevo texto a través de una comisión de expertos o del Congreso Nacional –para que alcance a estampar su firma y no ser menos que Lagos- implicaría burlar la tesis generacional del “Catecismo de los Patriotas”.

¿Cómo aplicar esta tesis al debate actual? Pensemos que Chile tuvo un primer momento constituyente-constitucional entre  el hito original de 1980 y los ajustes de 1989. De aquí emergió el legado institucional de Pinochet, incluyendo la cincuentena de importantes reformas que la dictadura negoció con la Concertación justo antes de entregar el poder (las que fueron ratificadas en un referéndum que practicamente todos lo sectores llamaron a aprobar). En 2005 tuvimos un segundo momento constitucional, que Lagos quiso hacer aparecer como políticamente constituyente. También fue fruto de arduas negociaciones entre Alianza y Concertación. Diez años más tarde, entramos en lo que algunos han llamado un tercer momento constitucional –reconocido incluso en el programa de gobierno que preparó Andrés Allamand. Mi intuición, siguiendo la tesis del cura Henríquez, es que la misma generación que condujo los dos momentos constitucionales anteriores está inhabilitada para conducir el tercero, especialmente si uno de los objetivos del proceso es darle inicio en forma verosímil a un nuevo ciclo histórico-político.

El caso de Allamand es ilustrativo. Fue importante articulador de los acuerdos por la democracia en los ochenta; protagonista de la transición en los noventa; impulsor de varias modificaciones constitucionales en 1997 que finalmente vieron la luz en 2005 (como la eliminación de los senadores designados); y hoy tiene asegurado un escaño en el Senado hasta 2022. Piense ahora en Ricardo Lagos: llamó a votar a favor de las reformas de 1989, fue la estrella del proceso de 2005 y ahora dirige una plataforma digital (“Tu Constitución”) que le permite seguir vigente en el debate. O en Andrés Zaldívar, que ocupaba la presidencia de la DC en 1989 y que tuvo la responsabilidad de aprobar las reformas de 2005 desde su sillón senatorial. Hoy sigue en el Senado. Si el tercer momento constitucional-constituyente pasa por sus manos en el actual Congreso, no se puede decir realmente que una nueva generación está revisando la herencia constitucional de sus padres. Es básicamente la misma: aquella que se organiza políticamente en dos grandes coaliciones cuya estructura divisoria encuentra su hito originario en el plebiscito de 1988.

Quiéralo o no, Michelle Bachelet pertenece a esa misma cohorte. Por lo anterior, la única forma coherente de abrazar las ideas de Camilo Henríquez sería dotar al proceso constituyente de las herramientas institucionales necesarias para que la generación post transición se haga cargo de concluir la operación en el próximo período. En el Congreso actual su representación es marginal. Nuevos movimientos como Evópoli, Revolución Democrática o la Izquierda Autónoma tienen apenas un diputado cada uno. El PRO de Marco Enríquez o Fuerza Pública de Velasco ni siquiera tienen. Los procesos de renovación interna de los partidos tradicionales han sido más dificultosos de lo pensado. En consecuencia, lo recomendable es darles tiempo para que incrementen su poder negociador no sólo dentro del Congreso sino que también fuera de él.

La presidenta está en lo correcto cuando señala que el proceso constituyente requiere de un amplio acuerdo político. Pero siguiendo la tesis generacional que ella misma puso sobre la mesa, dicho acuerdo sería más sustentable si se suscribe a lo largo del interesante espectro ideológico de la generación post transición. Si en cambio recae sobre la misma generación que ya protagonizó los dos momentos constitucionales anteriores, no deberíamos extrañarnos si en unos años más comenzamos a plantearnos la necesidad de un cuarto momento auténticamente constituyente y refundacional. A fin de cuentas, las reglas constitucionales acordadas se aplicarán en el ciclo vital de los que vienen de entrada y no sobre los que van de salida.

Link: http://www.elmostrador.cl/opinion/2015/05/27/bachelet-la-ansiedad-constituyente-y-el-catecismo-de-los-patriotas-2/


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